Foto de William Shakespeare

Biografía de William Shakespeare

Escritor Reino Unido · 1564–1616

El hijo del guantero de Stratford

William Shakespeare fue bautizado en abril de 1564 en Stratford-upon-Avon, un próspero pueblo del centro de Inglaterra. Su padre, John, era guantero y comerciante, y llegó a ocupar cargos municipales antes de caer en dificultades económicas. William asistió a la escuela primaria del pueblo, donde aprendió latín y leyó a los clásicos, pero nunca pisó la universidad; un rival lo despreció más tarde por su «poco latín y menos griego». De aquel muchacho de provincias, sin títulos ni fortuna, saldría el escritor más grande que ha dado la lengua inglesa y, para muchos, de toda la literatura.

Matrimonio y años oscuros

Con apenas dieciocho años se casó con Anne Hathaway, ocho mayor que él y ya embarazada, con quien tuvo tres hijos: Susanna y los mellizos Hamnet y Judith. La muerte del pequeño Hamnet, a los once años, dejó en el poeta una herida que muchos han creído oír, transfigurada, en el dolor de sus grandes tragedias. De los años siguientes apenas se sabe nada —los estudiosos los llaman «los años perdidos»—, hasta que Shakespeare reaparece en Londres, ya metido de lleno en el bullicioso mundo del teatro como actor y autor.

El hombre del Globe

Londres vivía una fiebre teatral, y Shakespeare se convirtió en su rey. Fue actor, dramaturgo y socio de una de las compañías más importantes, los Comediantes del Lord Chambelán —luego Comediantes del Rey—, y copropietario del célebre teatro The Globe, a orillas del Támesis, donde miles de espectadores de toda condición se apretujaban para ver sus obras. A diferencia de tantos artistas malditos, Shakespeare prosperó: escribió sin descanso, invirtió con cabeza y llegó a comprar la mejor casa de su pueblo natal. El teatro, para él, fue a la vez arte y oficio, pasión y negocio.

Un universo de personajes

En poco más de veinte años escribió alrededor de cuarenta obras que abarcan todos los registros del alma humana. En las tragedias alcanzó cumbres nunca igualadas: la duda paralizante de Hamlet, la ambición que se devora a sí misma en Macbeth, los celos que enloquecen en Otelo, la locura y la ingratitud en El rey Lear y el amor adolescente contra el odio de dos familias en Romeo y Julieta. Pero fue también un maestro de la comedia luminosa, con la magia de El sueño de una noche de verano, y del encantamiento final de La tempestad, su despedida de los escenarios.

El inventor de palabras

Shakespeare no solo contó historias inolvidables: transformó el propio idioma inglés. Acuñó o popularizó cientos de palabras y decenas de expresiones que hoy se usan a diario sin saber que nacieron de su pluma. Su lenguaje es un torrente de metáforas, juegos de palabras e imágenes deslumbrantes, capaz de pasar del chiste grosero a la poesía más sublime en una misma escena. Escribió además una colección de sonetos de amor y deseo que figuran entre los más hermosos jamás compuestos. Nadie ha exprimido tanto las posibilidades de una lengua ni la ha dejado tan enriquecida.

El espejo del alma humana

Si algo explica su gloria imperecedera es su prodigiosa comprensión del ser humano. Sus personajes —el príncipe que duda, el rey que enloquece, el moro que se deja envenenar por los celos, la joven que muere por amor— no son tipos, sino seres vivos, contradictorios y hondos, que piensan en voz alta ante nosotros. Shakespeare parece haberlo sabido todo sobre la ambición, el poder, el amor, la traición, el miedo a la muerte. Por eso sus obras se representan cada noche en algún lugar del mundo, cuatro siglos después, y siguen hablándonos como si acabaran de escribirse.

El misterio del hombre

Curiosamente, sabemos muy poco de su vida íntima, y ese silencio ha alimentado toda clase de leyendas: hay quien ha dudado incluso de que el hombre de Stratford escribiera realmente esas obras, atribuyéndolas a nobles o a otros autores. Pero la mayoría de los estudiosos no tiene dudas. Que un genio así surgiera de un pueblo modesto, sin más armas que su talento, no es un enigma que resolver, sino un milagro que celebrar. El hombre desaparece tras su obra, como si hubiera querido esconderse detrás de sus criaturas.

El escenario isabelino

Para entender a Shakespeare hay que imaginar el teatro de su época, tan distinto del actual. En el Globe no había apenas decorados ni luz eléctrica: las funciones se daban a plena luz del día, y era la palabra del poeta la que debía crear en la mente del espectador la noche, la tormenta o el campo de batalla. El público, de pie en el patio —los llamados «mosqueteros»— o sentado en las galerías, mezclaba a nobles y menestrales, y participaba ruidosamente de la función. Todos los papeles, incluidos los femeninos, los interpretaban hombres y muchachos, pues a las mujeres no se les permitía actuar. En ese teatro vivo, popular y exigente, Shakespeare aprendió a sostener la atención de miles de personas con solo el poder del verso.

Los sonetos y el enigma del corazón

Además de sus dramas, Shakespeare dejó una colección de ciento cincuenta y cuatro sonetos que están entre la poesía amorosa más intensa jamás escrita. En ellos habla del paso del tiempo, de la belleza, de los celos y de la muerte, dirigiéndose a un enigmático joven de rara hermosura y a una misteriosa «dama oscura». Nunca sabremos quiénes fueron —si es que existieron— ni cuánto hay de confesión real en esos versos; el hombre reservado de Stratford guardó bien sus secretos. Pero su intensidad emocional es tal que, cuatro siglos después, seguimos leyéndolos como si nos hablaran al oído de nuestro propio amor y nuestro propio miedo a perderlo.

Para todos los tiempos

Shakespeare se retiró a su Stratford natal y murió allí en 1616, el 23 de abril, la misma fecha en que, en España, se apagaba Miguel de Cervantes: el azar quiso despedir el mismo día a los dos gigantes de la literatura moderna. Siete años después, dos de sus compañeros de teatro reunieron sus obras dispersas en un volumen, el Primer Folio, salvándolas del olvido. Un contemporáneo escribió entonces que Shakespeare «no era de una época, sino para todos los tiempos». No se equivocaba: cada generación vuelve a él y encuentra, en sus versos, su propio rostro.

Obras de William Shakespeare

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