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Conan el Cimmerio

Robert E. Howard

Novela· Fantasía · ⏱ ~3 h 14 min de lectura

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Hay escritores que construyen mundos y escritores que los invocan. Robert E. Howard pertenecía a la segunda categoría: sus ficciones no nacían de la planificación sosegada sino de algo más parecido a una fiebre, a una visión que irrumpía sin pedir permiso.

Contexto

Robert E. Howard y el nacimiento de Conan el cimmerio

Robert Ervin Howard nació el 22 de enero de 1906 en Peaster, Texas, y creció en Cross Plains, una pequeña localidad del centro de Texas marcada por la cultura fronteriza, la violencia cotidiana y los ciclos de auge y declive del petróleo. Este entorno áspero y provinciano moldeó profundamente su imaginación, empujándolo hacia mundos de aventura y barbarie heroica. Howard fue un lector voraz desde la infancia, fascinado por la historia antigua, la mitología nórdica y celta, y los relatos de aventuras de autores como Rudyard Kipling y Harold Lamb. Autodidacta en gran medida, comenzó a vender relatos a revistas pulp desde muy joven, convirtiéndose en un profesional de la escritura de ficción popular en una época en que ese mercado florecía en Estados Unidos.

La era de las revistas pulp y el contexto literario de los años 1930

Conan el cimmerio apareció por primera vez en diciembre de 1932 en la revista Weird Tales, fundada en 1923 y considerada el templo de la fantasía oscura y el horror sobrenatural estadounidense. Howard publicó el primer relato del personaje, «The Phoenix on the Sword», en ese número, inaugurando una serie que se extendería hasta su muerte en 1936. Las revistas pulp —llamadas así por el papel barato con que se imprimían— constituían el principal vehículo de entretenimiento popular de masas durante la Gran Depresión, un período de crisis económica iniciado con el crack bursátil de 1929 que hundió a millones de estadounidenses en la pobreza. En ese clima de angustia social, los lectores buscaban evasión en mundos de acción, maravilla y poder individual, y Conan encarnaba exactamente esa fantasía de fuerza y libertad absolutas frente a las instituciones y las convenciones sociales.

La Edad Hiboria y la invención de la fantasía épica

Howard concibió para Conan un escenario completamente original al que denominó la Edad Hiboria, un pasado mítico e imaginario situado entre la caída de la Atlántida y el surgimiento de las civilizaciones históricas conocidas. Este mundo inventado, detallado en el ensayo «The Hyborian Age» (1936), combinaba elementos de la antigüedad clásica, la Europa medieval, el Oriente Medio y África, mezclados con mitología propia. Con este recurso, Howard se distanciaba tanto de la fantasía de corte victoriano de William Morris o Lord Dunsany como de la ciencia ficción dominante de la época, creando lo que los críticos posteriores identificarían como el subgénero de la sword and sorcery o espada y brujería. Su contemporáneo H. P. Lovecraft, con quien mantuvo una extensa correspondencia epistolar, reconoció en Howard un talento singular, aunque sus visiones literarias diferían notablemente.

Influencias históricas, culturales y biográficas

La figura de Conan, guerrero bárbaro oriundo de Cimmeria —tierra inspirada vagamente en la Escocia y la Irlanda celtas—, reflejaba la fascinación de Howard por los pueblos que él consideraba «primitivos» y vigorosos frente a civilizaciones corrompidas por el lujo y la decadencia. Esta visión, deudora del pensamiento de Oswald Spengler y su obra La decadencia de Occidente (1918–1922), así como de ciertas corrientes del romanticismo nacionalista del siglo XIX, impregnaba toda la saga. Howard también bebió de la historiografía popular sobre los escitas, los cimerios históricos del mar Negro y los pueblos germánicos, aunque los transformó libremente. Su propia vida, marcada por el aislamiento en Cross Plains, una relación de dependencia intensa con su madre enferma y episodios de depresión, contribuyó a la urgencia y la intensidad visceral de su prosa, que él mismo describía como una especie de posesión creativa.

Recepción contemporánea y legado posterior

Durante su vida, Howard fue un autor reconocido y bien pagado dentro del circuito pulp, pero su muerte por suicidio el 11 de junio de 1936, a los treinta años, en Cross Plains, truncó una carrera en plena expansión. Tras su fallecimiento, los derechos sobre Conan pasaron por diversas manos, y fue el escritor L. Sprague de Camp quien, a partir de los años 1950, editó, completó y amplió los relatos originales, contribuyendo tanto a su difusión como a controversias sobre la fidelidad al espíritu howardiano. La editorial Gnome Press publicó recopilaciones en la década de 1950, pero fue la edición de Lancer Books en 1966, con las icónicas portadas pintadas por Frank Frazetta, la que lanzó a Conan a la fama masiva y definió visualmente al personaje para generaciones enteras. Ese Conan visual y musculoso influyó directamente en la adaptación cinematográfica de 1982 protagonizada por Arnold Schwarzenegger y dirigida por John Milius.

Influencia en la cultura popular y el género fantástico

El impacto de Conan el cimmerio en la literatura fantástica posterior ha sido inconmensurable. Autores como Michael Moorcock, con su Elric de Melniboné (1961), Fritz Leiber con sus relatos de Fafhrd y el Ratonero Gris, y más tarde Terry Brooks con La espada de Shannara (1977), reconocieron la deuda con Howard. El propio J. R. R. Tolkien, aunque desarrolló una tradición fantástica diferente, compartió con Howard el impulso de crear mitologías alternativas completas. La saga de Conan inspiró además cómics publicados por Marvel Comics desde 1970, con guiones de Roy Thomas y dibujos de Barry Windsor-Smith, que introdujeron el personaje a nuevas audiencias. Hoy, Conan el cimmerio es reconocido universalmente como el arquetipo del héroe de espada y brujería, y la obra de Howard se estudia en el ámbito académico como un documento cultural revelador de las tensiones entre modernidad, masculinidad y primitivismo en la América de entreguerras.

Temas y análisis

Temas, motivos y símbolos en las historias de Conan el cimmerio de Robert E. Howard

Aviso de spoilers: el análisis siguiente revela elementos argumentales y estructurales de diversas historias del ciclo de Conan. Se recomienda leerlo con ese conocimiento previo o con la disposición de encontrar revelaciones sobre los relatos.

1. La barbarie como virtud: el rechazo de la civilización corrompida

El eje más reconocible de todo el ciclo es la tensión entre barbarie y civilización. Howard no presenta esta oposición de forma ingenua: la civilización en la Era Hiboria es sistemáticamente retratada como decadente, corrupta, afeminada y moralmente hueca. Reinos como Aquilonia, Estigia o Zamora brillan en arquitectura y lujo, pero están podridos por dentro: sacerdotes que practican sacrificios humanos, nobles que conspiran por el poder, mercaderes que venden almas. Conan, el cimmerio salvaje, encarna en cambio una ética directa, leal y sin hipocresía. Howard explora la idea —influida por el pensamiento de Oswald Spengler sobre el declive de las civilizaciones— de que la fortaleza moral y física reside en los márgenes, no en los centros de poder. El símbolo más elocuente de esta idea es la propia espada de Conan: un instrumento sin adornos, funcional, honesto, frente a los elaborados rituales y venenos de sus enemigos.

2. El destino, la voluntad y el individuo heroico

Conan es, ante todo, un individuo soberano. A diferencia de los héroes épicos clásicos que obedecen a los dioses o al destino colectivo, Conan se niega a someterse a ninguna fuerza superior que no reconozca como legítima. Este motivo conecta con el pensamiento libertario y la filosofía de la autosuficiencia que impregna la obra de Howard. Los dioses existen en la Era Hiboria —Crom, Set, Mitra— pero son entidades distantes, indiferentes o directamente hostiles. Crom, el dios cimmerio, no escucha plegarias ni concede favores: solo otorga al nacer la voluntad de luchar. Esta teología funciona como metáfora del existencialismo avant la lettre: el héroe está solo en un universo indiferente y debe forjarse a sí mismo. El ascenso de Conan desde ladrón y mercenario hasta rey de Aquilonia es el símbolo más poderoso de esta voluntad individual triunfando sobre el azar, la magia y la intriga.

3. Lo sobrenatural y el horror cósmico: la herencia de Lovecraft y el miedo a lo arcaico

Howard fue contemporáneo y corresponsal de H. P. Lovecraft, y esa influencia es palpable. El universo de Conan está habitado por entidades prehíboricas —serpientes-hombres de Valusia, dioses-serpiente como Set, criaturas del Exterior— que representan un pasado inmemorial y amenazante. Más que el mal cristiano, Howard trabaja con el concepto de lo arcaico como horror: aquello que existió antes que la humanidad y que podría borrarla con indiferencia. Las ruinas de civilizaciones extintas, los templos olvidados y los hechiceros inmortales funcionan como símbolos de que la historia humana es apenas un parpadeo en una oscuridad mucho mayor. Este motivo genera una tensión constante: Conan puede derrotar a un hechicero, pero el cosmos en sí permanece indiferente y ominoso.

4. La masculinidad, el cuerpo y el código de honor del guerrero

El cuerpo de Conan —descrito con una precisión casi escultórica en cada relato— es un símbolo central: representa la autenticidad, la capacidad de acción directa y la resistencia frente a la abstracción. Howard construye un código de honor guerrero que valora la lealtad personal, el coraje físico y el respeto al enemigo valiente por encima de cualquier ley escrita. Este código no es simple brutalidad: Conan protege a los débiles, cumple su palabra y desprecia la crueldad gratuita. Sin embargo, la obra también revela las contradicciones de este ideal: el héroe físico perfecto existe en un mundo que constantemente intenta destruirlo mediante la magia, el veneno o la traición, armas todas ellas asociadas a la debilidad y la cobardía en la cosmovisión howardiana. El lector moderno puede leer en esta tensión tanto una celebración romántica de la masculinidad como una ansiedad profunda sobre sus límites.

5. El exotismo, el orientalismo y la construcción del Otro

La geografía imaginaria de la Era Hiboria —con sus análogos de Oriente Medio, África, Asia Central y el Mediterráneo antiguo— permite a Howard explorar el exotismo como recurso narrativo, pero también lo expone a sus contradicciones más problemáticas. Los pueblos del sur y el este son frecuentemente representados con estereotipos raciales y culturales que reflejan los prejuicios de la América de los años treinta. El análisis honesto de la obra exige reconocer que este orientalismo no es accidental: forma parte de la estructura misma del relato, donde lo civilizado-corrompido y lo salvaje-puro se distribuyen según líneas que en ocasiones coinciden con categorías raciales. El lector moderno debe leer estas historias con conciencia crítica de ese sustrato ideológico, que convive con la genuina energía narrativa y la riqueza imaginativa de Howard.

6. La melancolía del poder y la soledad del rey

Una vez que Conan alcanza el trono de Aquilonia, emerge un tema que no siempre recibe la atención que merece: la melancolía del poder. El bárbaro que era libre en los caminos del mundo se convierte en prisionero de su propio éxito. La corona es un símbolo ambivalente: representa la culminación de la voluntad individual, pero también la jaula de la responsabilidad, la intriga cortesana y la pérdida de la libertad de movimiento. Howard explora cómo el héroe que conquistó el mundo con sus propias manos debe ahora gobernar un sistema que desprecia. Esta tensión entre libertad salvaje y responsabilidad civilizada da a los relatos tardíos del ciclo una profundidad melancólica que trasciende el puro entretenimiento de aventuras y conecta con preguntas universales sobre el precio del éxito y el sentido de la existencia.

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