Introducción
Hay escritores que construyen mundos y escritores que los invocan. Robert E. Howard pertenecía a la segunda categoría: sus ficciones no nacían de la planificación sosegada sino de algo más parecido a una fiebre, a una visión que irrumpía sin pedir permiso. Cuando en 1932 apareció por primera vez Conan de Cimmeria en las páginas de la revista Weird Tales, los lectores no tuvieron la sensación de conocer a un personaje nuevo. Tuvieron la sensación de recordar a alguien que siempre había existido.
Eso es, quizás, el mayor prodigio de Howard: haber creado un héroe que parece anterior a la literatura. Conan no es un caballero, no es un noble, no es un elegido por los dioses. Es un bárbaro del norte, hijo de herreros, criado entre glaciares y batallas, que atraviesa el mundo con la misma naturalidad con que el viento atraviesa un desfiladero. No redime a nadie. No busca un trono por vocación sino por apetito. Y sin embargo, en su brutalidad sin disculpas, hay una coherencia moral que avergüenza a muchos héroes más refinados.
El universo que Howard llamó la Era Hiboria es un continente imaginario situado en un pasado mítico, anterior a cualquier civilización conocida, donde conviven reinos suntuosos y decadentes, hechiceros de poderes corruptos, dioses que todavía caminan entre los hombres y criaturas que la razón preferiría no nombrar. Howard construyó ese mundo con una coherencia geográfica e histórica sorprendente, casi obsesiva, trazando mapas y crónicas que dotaban a sus relatos de una solidez que la fantasía de la época raramente poseía.
Pero lo que distingue a estos cuentos de la mera aventura exótica es el pulso de su prosa. Howard escribía con una urgencia física, muscular, que se transmite directamente al cuerpo del lector. Sus frases golpean. Sus escenas de acción tienen la precisión de alguien que conoce el peso real de una espada, el olor de la sangre, el instante exacto en que el miedo se convierte en movimiento. Leerlo en voz alta es descubrir que sus párrafos tienen ritmo de combate.
Detrás de esa energía había una vida breve y tormentada. Howard nació en 1906 en Cross Plains, Texas, y murió con apenas treinta años, en 1936. En ese tiempo produjo una obra vasta e irregular, escrita a destajo para sobrevivir, pero atravesada por destellos de una imaginación que no tenía equivalente entre sus contemporáneos. Conan fue su gran creación, el personaje en el que volcó su fascinación por la fuerza primitiva, su desconfianza hacia la civilización y su amor por los paisajes extremos.
Hay en estos relatos una paradoja que los hace más interesantes de lo que su reputación popular sugiere: el bárbaro es, con frecuencia, el único personaje verdaderamente libre en un mundo donde los civilizados están esclavizados por sus propias instituciones, sus miedos y sus dioses. Howard no predicaba esa idea; simplemente la mostraba, con la indiferencia de quien cuenta la verdad sin necesidad de subrayarla.
La influencia de Conan sobre la fantasía moderna es tan profunda que resulta difícil verla con claridad, como ocurre con todo lo que se ha vuelto fundacional. Sin Howard no existiría la espada y brujería como género, y sin ese género buena parte de la fantasía épica contemporánea tendría otra forma, o quizás ninguna. Leerlo hoy es, entre otras cosas, volver al origen de algo que creíamos conocer.
Lo que tiene entre las manos no es un documento histórico ni una curiosidad arqueológica. Es un libro que todavía funciona: que acelera el pulso, que puebla la imaginación de imágenes que no se olvidan fácilmente, que presenta a un hombre que no pide perdón por existir. Conan espera, con esa paciencia tranquila de los que saben que el tiempo no los desgasta. Solo hay que abrir la primera página.