Foto de H. P. Lovecraft

Biografía de H. P. Lovecraft

Novelista Estados Unidos · 1890–1937

Un niño extraño en Providence

Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island, la ciudad de Nueva Inglaterra que amaría toda su vida. Su infancia estuvo teñida de sombras: su padre enloqueció y murió en un sanatorio cuando Howard tenía apenas ocho años, y el niño quedó al cuidado de una madre sobreprotectora que, según se cuenta, llegó a llamarlo «feo», y de un abuelo culto que lo inició en los cuentos góticos. Precoz hasta lo asombroso —leía a los tres años y componía versos a los seis—, fue también un niño enfermizo y solitario, más a gusto entre libros de astronomía y mitología que entre otros niños.

El recluso y las cartas

La muerte del abuelo arruinó a la familia, que cayó en la pobreza. Aquejado de crisis nerviosas, Lovecraft no llegó a terminar el instituto ni pisó la universidad con la que soñaba, y durante años vivió encerrado, casi sin salir de casa. Encontró su mundo en el periodismo amateur y, sobre todo, en una correspondencia monumental: escribió a lo largo de su vida decenas de miles de cartas, tejiendo por escrito las amistades que la timidez le negaba en persona. Heredero confeso de Edgar Allan Poe y del irlandés Lord Dunsany, empezó a publicar sus relatos en las revistas baratas de terror, las célebres pulp.

El fracaso de Nueva York

En 1924 se casó con Sonia Greene y se mudó a Nueva York, pero la gran ciudad lo asfixió. Sin trabajo, empequeñecido, abrumado por una metrópoli cosmopolita que le resultaba ajena y amenazante —sus prejuicios raciales, hoy con razón reprochados, asomaron entonces con crudeza—, se hundió en la nostalgia. El matrimonio fracasó y, en 1926, Lovecraft regresó a su amada Providence. Aquel regreso, paradójicamente, desató su etapa más fecunda.

El horror cósmico

Porque Lovecraft inventó algo nuevo en la historia del miedo. Frente al terror clásico de fantasmas y castillos, propuso el horror cósmico: la idea de que el universo es inmenso, antiquísimo e indiferente a la humanidad, y que existen fuerzas y entidades tan colosales que su sola visión bastaría para hacer añicos nuestra razón. En La llamada de Cthulhu dio nombre a un dios dormido bajo el océano; en En las montañas de la locura envió a una expedición a la Antártida a descubrir ruinas anteriores al hombre; y en El horror de Dunwich desató a criaturas monstruosas sobre la campiña de Nueva Inglaterra. Junto a esos relatos levantó todo un universo compartido —los Mitos de Cthulhu—, con dioses como Azathoth o Nyarlathotep y un libro maldito, el Necronomicón, que muchos lectores creyeron real.

Pobre y desconocido

A pesar de su torrente creativo, Lovecraft apenas ganó dinero. Corregía y reescribía textos de otros por unas monedas, vivía con estrecheces crecientes y publicaba en revistas que pagaban tarde y mal. Enfermo de cáncer intestinal y desnutrido, murió en Providence el 15 de marzo de 1937, a los cuarenta y seis años, prácticamente ignorado por el gran público y convencido de que su obra se perdería con él.

Providence y el amor por lo antiguo

Para entender a Lovecraft hay que entender su devoción casi religiosa por Providence y por la vieja Nueva Inglaterra colonial. Era un anticuario del alma: adoraba los caserones de tejados a dos aguas, las callejuelas empedradas, los cementerios coloniales y los campanarios del siglo XVIII, y podía pasar horas caminando por su ciudad como quien visita un templo. Se sentía nacido fuera de su tiempo, un caballero del XVIII extraviado en el siglo de las máquinas, y llegaba a escribir sus cartas con una prosa deliberadamente arcaica. Ese amor por lo antiguo y ese horror a lo nuevo alimentaron su literatura: sus paisajes de pueblos decadentes, casas malditas y estirpes degeneradas nacen de una imaginación empapada de historia local y de leyendas de brujería, como los secretos que desentierra El caso de Charles Dexter Ward, ambientado en su propia ciudad.

El maestro por correspondencia

Aunque vivió aislado, Lovecraft fue el centro de una vasta red de amistades epistolares. A través de miles de cartas alentó, corrigió y formó a toda una generación de jóvenes escritores de terror y fantasía —entre ellos Robert E. Howard, el creador de Conan, y el joven August Derleth—, regalándoles ideas, criaturas y hasta fragmentos de su propia mitología para que los usaran en sus relatos. Concibió su universo como un juego compartido y abierto: animaba a sus corresponsales a citar el Necronomicón y a sus dioses en sus cuentos, tejiendo entre todos una mitología colectiva que crecería mucho más allá de su autor. Generoso hasta el desprendimiento, dedicó incontables horas a mejorar los textos de otros por unas pocas monedas, tiempo que restaba a su propia obra y a su ya frágil economía.

El legado de los Mitos

Fue precisamente esa naturaleza colectiva la que salvó su obra del olvido. Tras su muerte, Derleth y otros amigos fundaron una editorial, Arkham House, con el único propósito de reunir y publicar en libro los relatos que Lovecraft había desperdigado por revistas baratas. Bautizaron aquel universo como «los Mitos de Cthulhu», y lo que había sido el juego privado de un escritor pobre se convirtió en una mitología moderna a la que aún hoy siguen sumando autores de todo el mundo. Sus criaturas —Cthulhu, los Primigenios, los horrores innombrables— saltaron a los juegos de rol, al cine, a la música y a la cultura popular hasta volverse universales. Pocos escritores tan ignorados en vida han terminado modelando de tal modo el imaginario colectivo del miedo.

La mente y el abismo

Lovecraft fue, ante todo, un materialista convencido: no creía en fantasmas ni en dioses, y precisamente por eso su horror resulta tan moderno. Lo que lo aterraba no era el más allá, sino el más acá: un cosmos gobernado por leyes ciegas en el que la humanidad no ocupa ningún lugar privilegiado, ni siquiera un lugar. Su miedo era el vértigo del astrónomo que comprende la escala real del universo y la insignificancia de nuestra especie. De esa intuición nació la frase que resume toda su obra: lo más misericordioso del mundo, escribió, es la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todos sus contenidos. Conocerlo todo sería enloquecer. En ese abismo entre lo que sabemos y lo que no nos atrevemos a saber vive, para siempre, la literatura de Lovecraft.

La inmortalidad póstuma

Se equivocó por completo. Sus amigos y discípulos rescataron y publicaron su obra, y de aquellas revistas olvidadas Lovecraft ascendió hasta convertirse en uno de los autores más influyentes de la ficción moderna. Su sombra alcanza el cine, los videojuegos, el cómic y a incontables escritores de terror, de Stephen King en adelante; incluso Jorge Luis Borges le rindió homenaje. Su legado es complejo —su racismo obliga a leerlo con ojo crítico—, pero su intuición central sigue siendo estremecedora: que somos una chispa diminuta y frágil en un cosmos que ni siquiera sabe que existimos.

Obras de H. P. Lovecraft

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