Biografía de Charles Dickens
Escritor Reino Unido · 1812–1870
El niño de la fábrica de betún
Charles Dickens nació en 1812 en Portsmouth, en el seno de una familia de clase media siempre al borde de la ruina. Su padre, cariñoso pero manirroto, vivía por encima de sus posibilidades, y cuando Charles tenía doce años ocurrió la catástrofe que marcaría toda su vida: fue encarcelado por deudas y arrastró a casi toda la familia a la prisión de Marshalsea. El niño, en cambio, fue enviado a trabajar diez horas al día en una sórdida fábrica de betún, pegando etiquetas en botes junto al Támesis. Aquella humillación —el hambre, la soledad, la vergüenza de sentirse abandonado— fue la herida secreta de su existencia. No la contó a nadie durante décadas, pero de ella brotó toda su obra: su compasión inagotable por los niños, los pobres y los olvidados.
Del taquígrafo al ídolo nacional
Con una voluntad de hierro, el joven Dickens se educó casi solo. Trabajó de pasante en un bufete, aprendió taquigrafía y se hizo cronista parlamentario y periodista, oficio que le dio un oído prodigioso para el habla de la calle. En 1836, con solo veinticuatro años, empezó a publicar por entregas Los papeles póstumos del club Pickwick, y de la noche a la mañana se convirtió en el escritor más popular de Inglaterra. Había descubierto una fórmula revolucionaria: la novela publicada mes a mes, en fascículos baratos que terminaban en suspense, de modo que todo el país esperaba con ansiedad la siguiente entrega. Dickens fue, en cierto sentido, el creador del folletín moderno y del arte de dejar al lector con el corazón en un puño.
La galería inmortal
De su pluma surgió una multitud de personajes tan vivos que parecen haber existido de verdad. En Oliver Twist denunció el mundo de los orfanatos y los bajos fondos a través de un niño hambriento que se atreve a pedir «un poco más»; en David Copperfield —su novela más querida, la más cercana a su propia vida— acompañó a un huérfano desde la desdicha hasta la madurez; y en Grandes esperanzas contó la educación sentimental del joven Pip y el espejismo de querer ser un caballero a cualquier precio. Sus villanos, sus excéntricos y sus almas bondadosas forman una galería que ningún otro novelista ha igualado en variedad y en humanidad.
La conciencia social de una época
Dickens no escribía solo para entretener: escribía para cambiar el mundo. Detrás de la risa y las lágrimas, sus novelas eran un alegato feroz contra las injusticias de la Inglaterra industrial: los asilos de pobres, el trabajo infantil, las cárceles por deudas, la lentitud cruel de los tribunales y la deshumanización de las fábricas que retrató en Tiempos difíciles. Su enorme popularidad se convirtió en una fuerza política: sus libros conmovieron la conciencia de la nación y contribuyeron a impulsar reformas reales. Pocos escritores han logrado que la literatura pesara tanto sobre la realidad de su tiempo.
El hombre que reinventó la Navidad
En 1843 publicó un breve relato que se volvería inmortal: Canción de Navidad, la historia del avaro Scrooge, redimido en una sola noche por los fantasmas de las Navidades pasadas, presentes y futuras. El cuento tuvo tal éxito que moldeó para siempre nuestra imagen misma de la Navidad como fiesta de la generosidad, la familia y la segunda oportunidad. Scrooge, con su desdeñoso «¡Paparruchas!», se convirtió en un arquetipo universal, y la historia se ha reescrito y filmado mil veces. Fue quizá la prueba más clara del poder de Dickens: no solo reflejaba su cultura, la transformaba.
El actor incansable
Dickens era una fuerza de la naturaleza: caminaba kilómetros cada noche por las calles de Londres, dirigía revistas, organizaba obras de teatro y emprendía giras multitudinarias en las que leía en voz alta sus propias novelas, interpretando a todos los personajes ante públicos que reían y lloraban con él. Aquellas lecturas, en Inglaterra y en Estados Unidos, lo agotaron hasta la extenuación. Su vida privada, en cambio, se ensombreció: se separó de su esposa Catherine, madre de sus diez hijos, y mantuvo en secreto una relación con la joven actriz Ellen Ternan, que aún hoy rodea de misterio sus últimos años.
Londres, su gran personaje
Ningún escritor ha amado y retratado una ciudad como Dickens amó y retrató Londres. La metrópoli victoriana —con su niebla, sus callejones, sus tabernas, sus tribunales y sus barrios miserables— es casi un personaje más en sus novelas, un organismo vivo que respira, devora y a veces redime. Caminante infatigable, recorría de noche kilómetros y kilómetros de sus calles, observándolo todo: los rostros, las voces, los oficios humildes, los rincones donde se escondían el crimen y la desesperación. De esos paseos nocturnos sacaba el material inagotable de su obra. Convirtió en literatura la ciudad industrial que crecía sin freno y enseñó a mirar con compasión a sus habitantes más invisibles, aquellos a los que la sociedad respetable prefería no ver.
Humor y sentimiento
El secreto de su enorme popularidad estuvo en una mezcla difícil de igualar: el humor y el sentimiento. Dickens hacía reír a carcajadas con sus personajes grotescos y sus diálogos desopilantes, y a renglón seguido arrancaba lágrimas con la muerte de un niño o la caída de un inocente. Sabía como nadie tocar el corazón del gran público, y algunos críticos le reprocharon exceso de sentimentalismo; pero esa emoción sincera, esa capacidad de conmover a millones de lectores de toda clase y condición, fue justamente su forma de humanizar a la sociedad de su tiempo. Reír y llorar con sus libros era, para el lector victoriano, aprender a sentir con los que sufrían.
Enterrado entre los grandes
El 9 de junio de 1870, agotado por el trabajo incesante, Dickens murió de un derrame cerebral, dejando inconclusa su última novela, El misterio de Edwin Drood, cuyo final nadie ha podido nunca adivinar. Fue enterrado, contra su deseo de una ceremonia sencilla, en el Rincón de los Poetas de la abadía de Westminster, junto a los más grandes de las letras inglesas. Siglo y medio después, sus personajes siguen tan vivos como el primer día. Dickens enseñó a la novela a tener a la vez humor y corazón, entretenimiento y conciencia; nadie ha sabido, como él, hacer del pueblo entero su lector.