Sodoma y Gomorra
Marcel ProustNovela· Sociedad · ⏱ ~18 h 37 min de lectura
- Portada e introducción
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Capítulo 1 • Capítulo único 68 min
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Capítulo 2 • Capítulo primero 135 min
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Capítulo 5 • Capítulo segundo 128 min
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Capítulo 8 • Capítulo tercero 156 min
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Capítulo 9 • —Amigo mío 128 min
Contexto
Marcel Proust y la Francia de entreguerras: el mundo en transformación
Sodoma y Gomorra, cuarto volumen de En busca del tiempo perdido, fue publicado en dos partes: la primera en 1921 y la segunda en 1922, el mismo año en que Marcel Proust fallecía en París el 18 de noviembre, a los 51 años. La obra apareció, por tanto, en un momento de profunda conmoción social y cultural en Francia. La Primera Guerra Mundial (1914–1918) había destruido el orden aristocrático de la Belle Époque que Proust había conocido en los salones parisinos de finales del siglo XIX, frecuentados por figuras como la condesa Greffulhe o el conde Robert de Montesquiou, modelos reconocibles de varios personajes de su ciclo novelístico. La sociedad francesa de los años veinte buscaba redefinirse entre el duelo colectivo y la euforia de los Années Folles, y Proust capturó ese instante de fractura con una lucidez singular.
La cuestión de la sexualidad y el contexto intelectual
El título remite directamente a los relatos bíblicos del Génesis sobre las ciudades destruidas por sus pecados, y Proust lo emplea como metáfora de la homosexualidad masculina y femenina, que el narrador denomina con el término «inversión». En el contexto intelectual de la época, las teorías del psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing, expuestas en Psychopathia Sexualis (1886), y los primeros escritos de Sigmund Freud circulaban ampliamente entre las élites culturales europeas. El escándalo del juicio a Oscar Wilde en 1895 había marcado profundamente la conciencia europea sobre la persecución legal de la homosexualidad, y figuras cercanas a Proust, como el propio Montesquiou o el escritor André Gide —quien publicó Corydon en 1924 y Si le grain ne meurt en 1926—, navegaban en ese mismo territorio de la identidad y el deseo. Proust, que mantenía en secreto su propia homosexualidad, abordó el tema con una mezcla de análisis clínico y compasión literaria que resultó pionera.
La vida y la experiencia personal de Proust como materia narrativa
Marcel Proust nació el 10 de julio de 1871 en Auteuil, en el seno de una familia burguesa acomodada: su padre, Adrien Proust, era un célebre médico epidemiólogo, y su madre, Jeanne Weil, procedía de una familia judía alsaciana. Desde joven frecuentó los salones de la alta sociedad parisina —el de Madeleine Lemaire, el de la princesa Mathilde— y observó con atención los rituales de una clase social en declive. Su amistad con el músico Reynaldo Hahn y su relación con el secretario Alfred Agostinelli, cuya muerte en un accidente de aviación en 1914 se refleja en el personaje de Albertine, alimentaron directamente los temas de los celos, el amor y la pérdida que vertebran Sodoma y Gomorra. A partir de 1910, recluido en su famoso apartamento del bulevar Haussmann con las paredes forradas de corcho para aislarse del ruido, Proust trabajó de forma casi obsesiva en su ciclo narrativo.
El Dreyfusismo y la identidad judía como trasfondo político
No puede entenderse la obra de Proust sin el Affaire Dreyfus (1894–1906), el escándalo político que dividió a Francia entre dreyfusards y antidreyfusards y que atraviesa toda En busca del tiempo perdido. Proust, que firmó una de las primeras peticiones en defensa del capitán Alfred Dreyfus junto a Anatole France y Émile Zola, era muy consciente de su propia condición de «doble minoría»: judío por parte materna y homosexual. En Sodoma y Gomorra establece explícitamente un paralelismo entre la condición del judío y la del invertido como grupos perseguidos que deben disimular su identidad en la sociedad, una analogía que ha sido ampliamente debatida por la crítica posterior, entre ella la filósofa Eve Kosofsky Sedgwick en Epistemology of the Closet (1990).
Recepción contemporánea e influencia posterior
La recepción de Sodoma y Gomorra fue, como la del conjunto de la obra proustiana, compleja. Los primeros volúmenes de En busca del tiempo perdido habían sido rechazados en 1912 por la editorial Gallimard —entonces NRF, Nouvelle Revue Française—, con André Gide entre los lectores que no supieron reconocer su valor, error que Gide reconoció públicamente años después. Finalmente publicados por Bernard Grasset en 1913, los volúmenes posteriores, incluido Sodoma y Gomorra, aparecieron ya con Gallimard. El Premio Goncourt concedido a A la sombra de las muchachas en flor en 1919 consagró a Proust ante el gran público. La influencia de Sodoma y Gomorra en la literatura posterior ha sido enorme: desde Virginia Woolf, que admiró profundamente a Proust, hasta Samuel Beckett, quien escribió un ensayo sobre él en 1931, pasando por autores como Julien Green o más recientemente Edmund White, biógrafo de Proust en 1999, la obra ha sido referencia ineludible para cualquier exploración literaria de la identidad, la memoria y el deseo.
Temas y análisis
Temas, motivos y símbolos en Sodoma y Gomorra de Marcel Proust
Aviso de spoilers: el análisis siguiente revela aspectos fundamentales de la trama y los personajes de este cuarto volumen de En busca del tiempo perdido. Se recomienda haberlo leído antes de continuar.
1. La inversión y la identidad secreta: el «maldito» como figura social
El volumen arranca con una de las escenas más célebres de toda la novela: el encuentro fortuito entre el barón de Charlus y el sastre Jupien en el patio del hotel de Guermantes. Proust construye aquí una teoría completa de lo que él llama la inversión —término de época para la homosexualidad masculina—, comparándola con la botánica: el cruce entre una flor y un insecto polinizador se convierte en símbolo de un deseo que solo puede cumplirse en la clandestinidad. La referencia bíblica del título (Sodoma y Gomorra, las ciudades destruidas por su pecado) funciona como símbolo ambivalente: condena social externa frente a una comunidad invisible que Proust describe con una mezcla de ironía, compasión y lucidez antropológica. El narrador Marcel explora cómo estos individuos construyen máscaras, rituales de reconocimiento y códigos de pertenencia que los hacen simultáneamente invisibles y omnipresentes en la alta sociedad parisina.
2. Los celos y la posesión imposible: Albertine como enigma
La relación de Marcel con Albertine Simonet alcanza en este volumen una nueva dimensión de angustia. El descubrimiento —o la sospecha— de que Albertine podría pertenecer al mundo de Gomorra (la homosexualidad femenina) desencadena en el narrador una maquinaria implacable de celos. Proust analiza los celos no como emoción pasajera sino como epistemología del amor: el amante convierte al ser amado en un objeto de conocimiento inalcanzable. Albertine es, simbólicamente, una criatura de la playa, asociada al mar de Balbec, al movimiento y a la fuga; su identidad nunca se fija del todo. Los celos proustianos no necesitan pruebas: se alimentan de la imaginación, del tiempo muerto, de la multiplicidad de los «yos» que el otro contiene y que jamás podremos poseer por completo.
3. El tiempo y la metamorfosis social: el mundo que cambia sin que lo notemos
Uno de los grandes temas transversales de En busca del tiempo perdido adquiere aquí una textura especialmente concreta. Las veladas en Balbec y en el hotel de los Guermantes permiten a Proust mostrar cómo la aristocracia francesa se transforma lentamente: los títulos nobiliarios pierden peso, la burguesía asciende, los valores se desplazan. El tiempo no es lineal sino estratificado: los personajes acumulan capas de pasado que el narrador va descubriendo como un arqueólogo. El balneario de Balbec, con su mezcla de clases y su atmósfera de vacaciones, es el escenario ideal para observar estas fricciones sociales en tiempo real.
4. La memoria involuntaria y el duelo: la muerte de la abuela
En Balbec, Marcel experimenta uno de los momentos más emocionalmente devastadores de toda la obra: al inclinarse para quitarse los botines, siente de golpe la presencia vívida de su abuela muerta. Este episodio ilustra el concepto proustiano de memoria involuntaria en su vertiente más dolorosa: no es el recuerdo voluntario y razonado el que nos devuelve a los seres perdidos, sino un gesto corporal, una sensación física. La abuela, que había sido una presencia constante y casi invisible en los volúmenes anteriores, se convierte aquí en símbolo del duelo diferido: lloramos a los muertos no cuando mueren, sino cuando los encontramos de nuevo en el cuerpo. Este motivo anticipa la gran meditación sobre el tiempo y la pérdida que culminará en El tiempo recobrado.
5. La performance social y el snobismo: los Verdurin y los Guermantes
Proust continúa su análisis de los clanes sociales como sistemas de poder simbólico. El salón de los Verdurin, con su culto a la originalidad y su desprecio fingido por la aristocracia, y el mundo de los Guermantes, con su elegancia codificada, representan dos modelos de snobismo aparentemente opuestos pero estructuralmente idénticos: ambos funcionan mediante la inclusión y la exclusión ritualizadas, la adulación y la traición. Charlus, que cruza ambos mundos, es el personaje que mejor encarna esta tensión: su grandeza y su ridiculez son inseparables. Proust desmonta con ironía quirúrgica los mecanismos de la distinción social mucho antes de que Pierre Bourdieu los teorizara.
6. El deseo como conocimiento imposible: Eros y epistemología
Quizás el tema más filosófico del volumen es la reflexión sobre la naturaleza misma del deseo. Para Proust, desear a alguien es querer conocerlo en su totalidad, empresa condenada al fracaso porque el otro es siempre múltiple, cambiante y opaco. Tanto la atracción de Charlus por Jupien como la obsesión de Marcel por Albertine ilustran esta paradoja: el deseo se intensifica precisamente allí donde el conocimiento fracasa. Los símbolos del espejo, la ventana y la llave aparecen recurrentemente asociados a la vigilancia y al secreto. Proust sugiere que amar es, en última instancia, construir una ficción del otro, y que esa ficción nos dice más sobre nosotros mismos que sobre el ser amado.
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