Introducción
Hay libros que se leen y libros que se habitan. Sodoma y Gomorra pertenece a la segunda categoría con una insistencia casi escandalosa: uno entra en sus páginas y descubre que el tiempo ha cambiado de naturaleza, que una sola velada en el salón de los Guermantes puede durar más que una semana entera, y que esa lentitud no es un defecto sino la forma más precisa de decir la verdad.
Es el cuarto volumen de En busca del tiempo perdido, y sin embargo no exige haber recorrido los tres anteriores para sentir su peso específico. Proust llega aquí a una especie de vértigo lúcido: el narrador ha aprendido a mirar la sociedad parisina con la frialdad de un entomólogo y el ardor de alguien que todavía desea pertenecer a ella. Esa tensión —entre la distancia analítica y la herida sentimental— es el motor secreto de todo lo que ocurre.
El título invoca las ciudades bíblicas del pecado, pero Proust no busca la condena ni la exaltación: busca la comprensión. Lo que le interesa es cómo el deseo —cualquier deseo— obliga a los seres humanos a construir mundos paralelos, lenguajes cifrados, identidades dobles. La aristocracia que desfila por estas páginas no es un decorado pintoresco; es una sociedad que también vive en el disimulo, que también negocia entre lo que muestra y lo que oculta.
Y luego está Albertine. Su presencia en este volumen transforma al narrador en algo que reconoceremos con incomodidad: alguien que confunde el amor con la vigilancia, que interpreta cada silencio como una amenaza, que encuentra en los celos una forma retorcida de intimidad. Proust no lo juzga. Lo disecciona con una paciencia que, página a página, se vuelve aterradora porque es completamente honesta.
La prosa misma es un acontecimiento. Las frases de Proust no avanzan en línea recta; se pliegan sobre sí mismas, abren paréntesis dentro de paréntesis, regresan al punto de partida cargadas de matices nuevos. Leerlo exige —y también enseña— una forma distinta de atención: más lenta, más dispuesta a detenerse, más parecida a la que usamos cuando intentamos entender a alguien que amamos y que se nos escapa.
Hay una escena al comienzo del volumen, en el patio del hotel de Guermantes, que los lectores de Proust suelen recordar durante años. No la revelaremos aquí, pero conviene saber que en ella el narrador observa algo que creía no existir, o que prefería no ver, y que esa observación lo cambia todo: su manera de mirar a las personas, los espacios, las palabras. Es uno de esos momentos en que la literatura hace lo que ningún otro arte puede hacer con igual precisión: mostrar el instante exacto en que una inocencia termina.
Francia, 1921. Proust escribe desde su habitación forrada de corcho, enfermo, convencido de que no le queda mucho tiempo. Esa urgencia no se nota en la superficie —la superficie es de una calma casi olímpica—, pero late en el fondo de cada página como una conciencia del límite. Quizá por eso Sodoma y Gomorra tiene esa cualidad extraña de los libros escritos al borde de algo: la sensación de que cada observación importa, de que nada se anota por azar.
Leer este libro es aceptar una proposición inusual: que la vida interior de una persona —sus celos, sus deseos, sus pequeñas humillaciones sociales— merece el mismo rigor y la misma amplitud que cualquier gran tema de la historia o la filosofía. Proust insiste en ello sin disculparse. Y cuando uno termina de leerlo, cuesta no darle la razón.