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Los lanzallamas

Roberto Arlt

Novela· Sociedad · ⏱ ~7 h 53 min de lectura

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Roberto Arlt escribía de noche, con urgencia, entre el ruido de las rotativas del periódico donde trabajaba y las deudas que lo perseguían como perros. Esa presión —económica, vital, casi física— se nota en cada página de Los lanzallamas: hay en esta novela algo que arde de verdad, algo que no puede esperar, como si el autor supiera que la literatura no es un lujo sino una necesidad tan impostergable como el pan. Publicada en 1931, esta obra es la segunda parte de una historia que comenzó con Lo

Contexto

Buenos Aires en ebullición: el escenario de una época convulsa

Los lanzallamas fue publicada en 1931 por la editorial Claridad de Buenos Aires, como segunda parte de la novela Los siete locos (1929). Roberto Arlt la escribió en el contexto de una Argentina sacudida por el golpe de Estado del general José Félix Uriburu en septiembre de 1930, que derrocó al presidente radical Hipólito Yrigoyen e inauguró la llamada «Década Infame». Este clima de inestabilidad política, fraude electoral y violencia institucional impregna la atmósfera conspirativa y nihilista de la obra, en la que un grupo de personajes delirantes planea una revolución de alcance mundial. La crisis económica derivada del crack de Wall Street de 1929 agravaba además la miseria urbana que Arlt conocía de primera mano como periodista y como hijo de inmigrantes europeos en los barrios populares porteños.

Roberto Arlt: el escritor autodidacta en los márgenes del sistema literario

Nacido en Buenos Aires el 26 de abril de 1900, hijo de un inmigrante alemán y una madre de origen triestino, Arlt creció en la pobreza del barrio de Flores y apenas completó la educación primaria. Su formación fue esencialmente autodidacta: devoró a Dostoievski, Nietzsche, Strindberg y a los folletines de aventuras, mezcla que se percibe con claridad en la densidad filosófica y el ritmo frenético de Los lanzallamas. Desde 1928 trabajaba como cronista en el diario El Mundo, donde publicaba sus célebres «Aguafuertes porteñas», columnas costumbristas que le daban una visibilidad pública que su narrativa tardó más en conquistar. Esa doble vida —periodista de masas y novelista maldito— marcó profundamente su estilo: urgente, coloquial, atravesado por el lunfardo y por una tensión existencial que lo alejaba de los cánones literarios dominantes.

El grupo de Boedo, Florida y la batalla por la literatura argentina

En los años veinte y treinta, el campo literario argentino estaba polarizado entre dos tendencias: el grupo Florida, asociado a la revista Martín Fierro (1924–1927) y a figuras como Jorge Luis Borges, que apostaba por una vanguardia esteticista y cosmopolita; y el grupo de Boedo, vinculado a la editorial Claridad y a escritores como Elías Castelnuovo y Leónidas Barletta, comprometidos con una literatura social y de denuncia. Arlt ocupó una posición incómoda e inclasificable entre ambos polos: su lenguaje áspero y su temática marginal lo acercaban a Boedo, pero su experimentación formal y su nihilismo filosófico lo distanciaban del realismo socialista de ese grupo. Esta marginalidad dentro del propio campo literario reforzó la imagen de Arlt como un outsider radical, condición que Los lanzallamas convierte en materia narrativa al retratar a personajes que no encajan en ningún orden social.

Dostoievski en el Río de la Plata: las influencias filosóficas y literarias

La deuda de Arlt con Fiódor Dostoievski es reconocida por la crítica desde temprano: la galería de personajes atormentados, la exploración del crimen como acto metafísico y la estructura dialógica de Los lanzallamas remiten directamente a novelas como Los demonios (1872) y Los hermanos Karamázov (1880). A ello se suma la influencia del expresionismo alemán y de autores como Frank Wedekind, cuya visión del erotismo y la violencia como fuerzas destructoras resuena en personajes como el Astrólogo o Erdosain. La novela también dialoga con el anarquismo y el socialismo utópico que circulaban en los ambientes obreros e inmigrantes de Buenos Aires, aunque Arlt los somete a una ironía corrosiva que desmonta cualquier fe ingenua en la redención colectiva.

Recepción inicial y reivindicación póstuma

En su momento de publicación, Los lanzallamas tuvo una recepción crítica limitada y ambivalente. Figuras del establishment literario, incluido el propio Borges, señalaron los errores gramaticales y el estilo «descuidado» de Arlt, aunque reconocían cierta potencia narrativa. La obra vendió poco y Arlt murió en Buenos Aires el 26 de julio de 1942, a los 42 años, sin haber alcanzado el reconocimiento que merecía. Fue a partir de los años cincuenta y sesenta cuando la crítica argentina y latinoamericana comenzó a releerlo: escritores como Julio Cortázar, Ricardo Piglia y David Viñas reivindicaron su lugar central en la tradición narrativa del continente. Piglia, en particular, lo convirtió en un referente teórico fundamental de su propia poética y lo situó junto a Borges como los dos pilares de la narrativa argentina moderna.

Influencia duradera y proyección contemporánea

La influencia de Los lanzallamas se extiende a lo largo de toda la literatura latinoamericana del siglo XX y XXI. La novela anticipó temas que el boom latinoamericano desarrollaría décadas después: la ciudad como laberinto alienante, la violencia política como espectáculo y la crisis de identidad del sujeto moderno. En Argentina, autores como Manuel Puig, Osvaldo Soriano y César Aira reconocieron la huella arltiana en su propia escritura. En el ámbito académico, la obra ha sido objeto de numerosas reediciones críticas y de estudios en universidades de Europa, Estados Unidos y América Latina, consolidando a Arlt como un clásico de la modernidad literaria hispanoamericana. Su vigencia reside en haber captado, con una lucidez perturbadora, la angustia del individuo atrapado entre la utopía revolucionaria y el fracaso existencial, una tensión que no ha perdido actualidad.

Temas y análisis

Temas, motivos y símbolos en Los lanzallamas de Roberto Arlt

Aviso de spoilers: el siguiente análisis revela aspectos fundamentales de la trama y el desenlace de la novela.

1. La humillación y el resentimiento como motores del alma moderna

En el centro de Los lanzallamas —segunda parte del díptico iniciado con El juguete rabioso y continuado desde Los siete locos— late la figura del Erdosain humillado: un hombre aplastado por la deuda, la vergüenza social y el fracaso conyugal. Arlt explora cómo la humillación no produce resignación sino una energía destructiva y febril. El resentimiento funciona aquí como combustible existencial: los personajes no aspiran a la redención sino a la explosión. La novela indaga en la psicología del humillado que sueña con el poder absoluto, anticipando análisis posteriores sobre el fascismo y el autoritarismo como respuestas al dolor social.

2. La revolución como fantasía y como trampa

El Astrólogo y su sociedad secreta articulan un proyecto revolucionario que mezcla elementos del bolchevismo, el fascismo y la charlatanería mística. Arlt no satiriza la revolución desde la comodidad conservadora, sino que la examina desde adentro: muestra cómo la idea revolucionaria puede ser simultáneamente genuina y manipuladora, liberadora y totalitaria. La Sociedad Secreta es un símbolo de las utopías violentas del siglo XX: promete transformar el mundo pero funciona sobre la mentira, la extorsión y el sacrificio de los más débiles. El lanzallamas del título es, en este sentido, la metáfora perfecta de una revolución que arrasa sin distinguir.

3. El dinero, la mercancía y la degradación del ser

La deuda de Erdosain —eje que viene desde Los siete locos— no es un simple problema económico: es una condición ontológica. En la Buenos Aires de los años veinte y treinta que retrata Arlt, el dinero no solo compra bienes sino que define la dignidad humana. Los personajes están atrapados en una lógica de cosificación: las mujeres son vendidas o prostituidas, los hombres se valoran por su utilidad para el proyecto del Astrólogo, los vínculos afectivos se corrompen con transacciones. El prostíbulo y la fábrica clandestina de gases tóxicos son espacios simbólicos donde el cuerpo humano se convierte en instrumento o en mercancía.

4. La técnica y el inventor como figuras del mal moderno

Erdosain es, ante todo, un inventor fracasado. Su obsesión por crear artefactos —la rosa de cobre, los gases asfixiantes, los lanzallamas— expresa una relación ambivalente con la modernidad técnica: la tecnología aparece como la única forma de poder al alcance del desposeído, pero también como instrumento de destrucción masiva. Arlt anticipa debates que se volverán urgentes tras la Segunda Guerra Mundial: la ciencia desvinculada de la ética, el inventor que pone su talento al servicio de la muerte. La rosa de cobre —objeto bello e inútil— y el lanzallamas —objeto mortífero y funcional— forman un par simbólico que resume la tragedia del genio sin salida.

5. El mal, la culpa y la imposibilidad de la redención

La novela está atravesada por una angustia de raíz dostoievskiana —influencia que el propio Arlt reconocía— en torno al mal voluntario y la culpa. Erdosain comete un crimen y lo narra con una frialdad que horroriza precisamente porque no es indiferencia sino disociación: el personaje se observa a sí mismo como si fuera otro. Arlt explora la zona gris de la conciencia moral: sus personajes saben que hacen el mal, lo analizan, lo justifican filosóficamente y lo ejecutan de todos modos. No hay catarsis ni redención posible; la culpa no purifica sino que paraliza o enloquece. El suicidio y la huida son las únicas salidas que la novela concede.

6. La ciudad moderna como infierno y como laberinto

Buenos Aires en Los lanzallamas no es un escenario pintoresco sino un espacio hostil y alienante: conventillos, pensiones miserables, suburbios industriales, prostíbulos de las afueras. Arlt construye una topografía del fracaso donde la ciudad promete movilidad social y entrega degradación. Los personajes se mueven por ella como sonámbulos o fugitivos, nunca como ciudadanos. La luz eléctrica, los tranvías y las fábricas —símbolos del progreso— aparecen bañados en una luz sucia y amenazante. Esta ciudad es también un símbolo de la modernidad latinoamericana: modernización sin justicia, crecimiento sin pertenencia, velocidad sin destino.

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