Introducción
Roberto Arlt escribía de noche, con urgencia, entre el ruido de las rotativas del periódico donde trabajaba y las deudas que lo perseguían como perros. Esa presión —económica, vital, casi física— se nota en cada página de Los lanzallamas: hay en esta novela algo que arde de verdad, algo que no puede esperar, como si el autor supiera que la literatura no es un lujo sino una necesidad tan impostergable como el pan.
Publicada en 1931, esta obra es la segunda parte de una historia que comenzó con Los siete locos, aunque decir «segunda parte» es casi engañoso: Los lanzallamas no es una continuación tranquila sino una explosión. Arlt toma a sus personajes —esa galería de desesperados, inventores fracasados, proxenetas con filosofía y revolucionarios de café— y los lleva hasta el límite de lo que pueden soportar. Y también hasta el límite de lo que puede soportar el lector.
El centro de todo es Erdosain, uno de los grandes personajes atormentados de la literatura en español. No es un héroe ni un antihéroe en el sentido cómodo del término: es un hombre que piensa demasiado y actúa de maneras que no siempre entiende, que siente la humillación como una enfermedad crónica y que busca en la violencia y en la utopía una salida que el mundo burgués le niega. Leerlo es incómodo. Leerlo es necesario.
Arlt construyó Buenos Aires como nadie antes que él: no la ciudad de las fachadas elegantes sino la de los cuartos de pensión con olor a humedad, las conversaciones que se alargan hasta el amanecer sin llegar a ninguna conclusión, los sueños industriales que nacen muertos. Su prosa es áspera, nerviosa, llena de giros que mezclan el lunfardo con la filosofía europea, y esa mezcla —que a sus contemporáneos más refinados les parecía un defecto— es hoy su mayor virtud. Suena como suena la desesperación real: sin pulimento.
Hay en este libro una pregunta que lo recorre de principio a fin sin formularse nunca directamente: ¿qué hace un hombre cuando comprende que el mundo está roto y que él también lo está? Las respuestas que ensayan los personajes de Arlt son todas equivocadas, y sin embargo todas tienen una lógica feroz que el lector no puede desestimar fácilmente. Eso es lo que distingue a los grandes libros de los meramente buenos: que no nos dejan cómodos en nuestros juicios.
La novela fue escrita en un momento en que el mundo se preparaba, sin saberlo del todo, para sus propias catástrofes. Hay en Los lanzallamas una intuición oscura sobre la violencia política, sobre la seducción de las ideologías totales, sobre lo que ocurre cuando la humillación se convierte en programa. Esa intuición no ha envejecido. Al contrario.
Arlt murió a los cuarenta y dos años, fulminado por un derrame cerebral, dejando una obra breve y sin embargo enorme. No alcanzó a ver cómo el tiempo le daba la razón. No alcanzó a ver cómo sus personajes —que parecían extravagantes, marginales, casi grotescos— se convertían en figuras reconocibles del siglo que vendría.
Lo que tiene en las manos no es una novela fácil ni una novela que quiera serlo. Es una novela que confía en usted: en su capacidad de aguantar la incomodidad, de seguir leyendo cuando la trama se vuelve oscura, de encontrar belleza donde otros solo verían fealdad. Arlt apostó todo a esa confianza. Ahora le toca a usted responder.