El príncipe
[Il Principe]
Nicolás Maquiavelo1513 • Ensayo· Política · ⏱ ~2 h 35 min de lectura
En 1513, apartado del gobierno de Florencia y con la memoria fresca de sus años como secretario de la República, Nicolás Maquiavelo escribió en pocos meses este breve y demoledor tratado sobre cómo se conquista y, sobre todo, cómo se conserva el poder. Dedicado a Lorenzo de Médicis, El Príncipe rompe con la larga tradición de los «espejos de príncipes» para describir la política tal como es —no como debería ser—: un terreno donde la virtù del gobernante pugna contra los caprichos de la fortuna, donde a veces conviene más ser temido que amado, y donde el fin ampara los medios. Con ejemplos tomados de César Borgia, Fernando el Católico y la Roma antigua, Maquiavelo fundó el pensamiento político moderno y escribió un libro que aún hoy incomoda, se cita y se discute cinco siglos después.
- Portada e introducción
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<p>Maquiavelo dedica la obra a Lorenzo de Médicis y le explica que, no teniendo joyas ni riquezas que ofrecerle, le entrega lo más valioso que posee: el conocimiento de las acciones de los grandes hombres, adquirido con larga experiencia y estudio de la Antigüedad. Advierte que ha prescindido de todo adorno retórico y que, para juzgar bien a los príncipes, conviene mirarlos desde la perspectiva del pueblo, igual que el paisajista se sitúa en el llano para dibujar las montañas.</p>
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<p>Capítulo-índice del tratado. Maquiavelo distingue las dos formas de gobierno —repúblicas y principados— y centra el libro en los segundos. Los principados son hereditarios o nuevos; los nuevos, del todo nuevos o anexionados a un Estado previo; y se adquieren con armas propias o ajenas, por fortuna o por virtud personal. Cada una de estas vías se examinará en los capítulos siguientes.</p>
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<p>Los principados hereditarios son mucho más fáciles de conservar que los nuevos: basta con no alterar el orden establecido por los antepasados y saber adaptarse a los acontecimientos imprevistos. El príncipe de sangre tiene menos ocasiones y menos necesidad de agraviar a sus súbditos, por lo que resulta naturalmente más querido y su poder, salvo una fuerza extraordinaria, es notablemente más estable.</p>
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De los principados mixtos 16 min
<p>Aquí empieza la verdadera dificultad: los principados mixtos, donde a un dominio antiguo se une un territorio nuevo. Maquiavelo enumera los remedios para conservarlos —residir en ellos, fundar colonias, protegerse de los vecinos poderosos, no dejar crecer a otros Estados fuertes— y disecciona los errores de Luis XII de Francia en Italia como lección de todo lo que un conquistador no debe hacer.</p>
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<p>¿Por qué el imperio de Darío, conquistado por Alejandro, no se rebeló tras su muerte? Maquiavelo responde distinguiendo dos formas de gobierno: la del príncipe rodeado de siervos (como el turco), difícil de conquistar pero fácil de conservar, y la del príncipe con barones (como Francia), fácil de invadir pero difícil de retener, porque siempre hay descontentos dispuestos a abrir la puerta al invasor.</p>
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<p>Sobre cómo gobernar ciudades o principados acostumbrados a regirse por sus propias leyes. Maquiavelo ofrece tres caminos: destruirlas, habitarlas personalmente o dejarles sus leyes bajo un gobierno amigo que pague tributo. Concluye que, con las repúblicas que han conocido la libertad, el medio más seguro suele ser arrasarlas, porque el recuerdo de su antigua independencia nunca se apaga del todo.</p>
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<p>De los principados nuevos ganados con esfuerzo y armas propias. Los mayores ejemplos —Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo— debieron a la fortuna solo la ocasión; todo lo demás fue su virtud. Maquiavelo formula aquí una de sus tesis capitales: los profetas armados vencen y los desarmados fracasan, como probó la caída de Savonarola, que no tuvo medios para sostener por la fuerza aquello en que las gentes dejaron de creer.</p>
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<p>De los principados adquiridos con armas y fortuna ajenas, que se ganan con facilidad pero se conservan con enorme dificultad. El gran ejemplo es César Borgia, cuya astucia para cimentar su poder —eliminar rivales, ganarse al pueblo, asegurarse el ejército— Maquiavelo admira y detalla paso a paso. Su única falla fue no prever la muerte de su padre, el papa Alejandro VI; por lo demás, es su modelo del príncipe nuevo.</p>
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<p>De quienes llegan al principado mediante crímenes, como Agátocles de Siracusa. Maquiavelo introduce la célebre distinción de la crueldad «bien usada» —la que se ejerce de una vez, por necesidad y para asegurarse, y luego cesa— frente a la «mal usada», que en lugar de disminuir crece con el tiempo. De ahí su regla: las ofensas deben hacerse todas juntas, y los beneficios, poco a poco, para que se saboreen mejor.</p>
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<p>Del principado civil, al que se llega no por crimen ni por pura fortuna, sino con el favor de los conciudadanos. Maquiavelo distingue si el príncipe sube apoyado por los grandes o por el pueblo, y sostiene que es más firme quien se apoya en el pueblo, cuyo deseo —no ser oprimido— es más honesto y fácil de satisfacer que el de los nobles, que quieren mandar. El príncipe sabio se asegura siempre el afecto popular.</p>
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<p>Cómo medir la fuerza de un principado. Maquiavelo distingue a los príncipes capaces de defenderse por sí mismos, con hombres y dinero suficientes, de los que dependen de refugiarse tras sus murallas y pedir auxilio ajeno. Elogia el modelo de las ciudades alemanas, bien fortificadas y abastecidas: quien tiene una plaza fuerte y no se hace odiar por su pueblo difícilmente será atacado, porque asediar a una ciudad resuelta es empresa ingrata.</p>
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<p>De los principados eclesiásticos, singulares porque se sostienen en instituciones religiosas tan antiguas y poderosas que mantienen a sus príncipes en el poder gobiernen como gobiernen. Con fina ironía, Maquiavelo repasa el ascenso temporal de la Iglesia y el engrandecimiento del papado bajo Alejandro VI y Julio II, cuyo empuje militar y político transformó el mapa político de Italia.</p>
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<p>Comienza el tratado militar, para Maquiavelo el cimiento de todo Estado: no hay buenas leyes donde no hay buenas armas. Condena sin paliativos a los soldados mercenarios, «inútiles y peligrosos», que combaten por una paga y huyen ante el riesgo; a ellos atribuye buena parte de la ruina militar de Italia. El príncipe que confía su seguridad a tropas alquiladas nunca estará seguro.</p>
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<p>Continúa la crítica militar con las tropas auxiliares —las que presta otro príncipe—, para Maquiavelo aún más peligrosas que las mercenarias, porque vienen unidas y obedecen a un jefe ajeno. Tras varios ejemplos, resume su doctrina en una máxima: el príncipe prudente prefiere perder con sus propios soldados a vencer con los de otro, pues esa victoria no le pertenece. Solo las armas propias dan un poder verdadero.</p>
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<p>De los deberes del príncipe respecto a la guerra. La milicia debe ser su único arte y su estudio constante: en la paz ha de adiestrarse, conocer el terreno con la caza y ejercitar la mente leyendo la historia de los grandes capitanes para imitarlos. Descuidar las armas por la molicie es el camino seguro para perder el Estado; dominarlas, el modo de conquistarlo y conservarlo.</p>
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Capítulo XV 3 min
<p>Punto de inflexión del libro y manifiesto de su método. Maquiavelo anuncia que tratará de los príncipes «de carne y hueso», atendiendo a la verdad tal como es y no a repúblicas soñadas que nunca existieron. Como los hombres viven muy lejos de como deberían vivir, el príncipe que quiera conservarse debe aprender a no ser siempre bueno y usar o no esa virtud según se lo aconsejen las circunstancias.</p>
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<p>De la liberalidad y la avaricia. Contra la opinión común, Maquiavelo defiende que al príncipe le conviene más la fama de avaro que la de pródigo: la liberalidad ostentosa agota el tesoro, obliga a exprimir a los súbditos con impuestos y termina por hacerlo odioso. Es más sabio gastar con mesura, para no verse forzado a despojar a nadie ni a empobrecer al Estado que se quiere conservar.</p>
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<p>El capítulo más célebre de la obra. Sobre la crueldad y la clemencia, y la gran pregunta: ¿vale más ser amado o temido? Como reunir ambas cosas es difícil, Maquiavelo sentencia que es más seguro ser temido, porque el amor depende de la voluntad de los hombres —ingratos y volubles— y el temor, de la del príncipe. Eso sí, debe hacerse temer sin hacerse odiar, respetando los bienes y las familias de sus súbditos.</p>
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<p>Cómo debe el príncipe guardar la palabra dada. Maquiavelo responde con crudeza: debe cumplirla mientras le convenga y romperla cuando desaparezcan los motivos que le obligaron a prometer. Introduce la famosa imagen del doble combate —con las leyes, propio de los hombres, y con la fuerza, propio de las bestias— y aconseja al príncipe ser zorra para descubrir las trampas y león para espantar a los lobos, disimulando bien, pues nunca falta un engañado para un engañador.</p>
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Capítulo XIX 16 min
<p>Cómo evitar el desprecio y el odio, los dos mayores peligros del príncipe. Basta con no tocar los bienes ni las mujeres de sus súbditos y mostrarse resuelto, grave y fuerte para no ser tenido en poco. Maquiavelo analiza además las conjuras —que rara vez prosperan cuando el príncipe goza del favor popular— y repasa con detalle a varios emperadores romanos para mostrar cómo unos se salvaron y otros perecieron según supieran o no evitar ser odiados.</p>
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<p>De si son útiles las fortalezas y otras medidas habituales de los príncipes. Maquiavelo relativiza todas las recetas: fortalezas, desarmar o armar a los súbditos, fomentar o no divisiones... nada sirve siempre, pues depende de las circunstancias. Su conclusión es memorable: la mejor fortaleza es no ser odiado por el pueblo, porque de nada valen los muros a quien tiene enfrente a sus propios gobernados.</p>
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<p>De qué debe hacer un príncipe para ganar buena fama. Las grandes empresas y los hechos extraordinarios lo engrandecen, como probó Fernando el Católico. Maquiavelo aconseja tomar partido con claridad —evitar la neutralidad tibia— en los conflictos ajenos, honrar el talento, alentar el comercio y la industria, y entretener al pueblo con fiestas en las épocas oportunas, para aparecer siempre como un gobernante magnánimo y digno de estima.</p>
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<p>De los secretarios y ministros del príncipe, cuya elección revela su juicio. Un buen ministro piensa siempre en el príncipe y no en su propio provecho; para conservarlo leal, el príncipe debe honrarlo, enriquecerlo y hacerlo partícipe de honores y cargas, de modo que no desee cambios. La calidad de quienes rodean a un gobernante es un espejo fiel de su inteligencia.</p>
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<p>Cómo huir de los aduladores, la peste de las cortes. El remedio no es cerrarse a todo consejo —lo que expone al desprecio— sino elegir a hombres sabios que puedan decir la verdad cuando se les pregunte, y solo entonces. El príncipe debe consultar mucho pero resolver por sí mismo, y lograr que los buenos consejos parezcan nacidos de él; porque si no es prudente por naturaleza, ningún consejero acertará a salvarlo.</p>
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<p>Por qué los príncipes de Italia han perdido sus Estados. La causa no fue la fortuna, sino sus propios defectos: ejércitos débiles, pueblos hostiles o nobles adversos. Maquiavelo lo dice sin piedad: quien pierde su Estado por indolencia no debe culpar al azar, sino a su desidia, pues las únicas defensas buenas, seguras y duraderas son las que dependen de uno mismo y del propio valor.</p>
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<p>Cuánto puede la fortuna en los asuntos humanos y cómo resistirla. Maquiavelo la compara con un río desbordado que arrasa cuanto encuentra, pero contra el cual caben diques y defensas si se levantan a tiempo: la fortuna gobierna la mitad de nuestros actos y deja la otra mitad a nuestra virtud. Prospera quien acomoda su carácter a los tiempos; y como la fortuna es mujer, se rinde antes ante el audaz que ante el cauto.</p>
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<p>El vibrante capítulo final, donde el analista se transforma en patriota. Maquiavelo lanza una exhortación encendida a la casa de Médici para que empuñe las armas y libere a Italia —dividida, invadida y humillada— del dominio extranjero. Cierra con versos de Petrarca sobre el valor que se alza contra la furia, revelando que todo el frío realismo del libro estaba al servicio de un sueño: una Italia unida y libre.</p>
Contexto
El Príncipe nació de un fracaso personal y de una catástrofe colectiva. Cuando Maquiavelo lo escribió, en la segunda mitad de 1513, Italia llevaba dos décadas convertida en campo de batalla de Francia, España y el Imperio. La península estaba fragmentada en Estados rivales —Florencia, Venecia, Milán, el Papado, Nápoles— incapaces de resistir juntos a las grandes monarquías del norte. Ese espectáculo de división e impotencia es el trasfondo de cada página.
Su autor no era un teórico de gabinete. Durante catorce años Nicolás Maquiavelo (1469-1527) había sido secretario de la segunda cancillería de la República florentina, encargado de asuntos diplomáticos y militares; había negociado con papas, reyes y capitanes, y había observado de cerca a César Borgia, cuya audacia y cuya caída le sirvieron de laboratorio. Al regresar los Médici al poder en 1512, fue destituido, encarcelado y torturado bajo sospecha de conjura. Desterrado a su finca de San Casciano, escribió el libro en parte para volver al servicio público: lo dedicó a Lorenzo de Médicis con la esperanza —vana— de recuperar un cargo.
La obra circuló en manuscrito y solo se imprimió en 1532, cinco años después de la muerte de su autor. La reacción fue inmediata y hostil: la Iglesia lo incluyó en el Índice de libros prohibidos, y el nombre de Maquiavelo se volvió, en toda Europa, sinónimo de perfidia. «Maquiavélico» entró en las lenguas como insulto. Durante siglos se leyó como un manual del cinismo, aunque no faltaron quienes, como Rousseau, sospecharon que aquel libro era en el fondo una advertencia a los pueblos disfrazada de consejo a los reyes.
La lectura moderna ha hecho justicia a su hondura. Se lo reconoce como el fundador del realismo político y como un precursor de la ciencia del Estado; pensadores tan distintos como Bacon, Spinoza, Hegel o Gramsci se midieron con él. Escrito en un italiano nervioso y directo, sin la solemnidad latina de sus contemporáneos, El Príncipe sigue siendo lectura obligada en las facultades de política y una referencia inevitable cada vez que se habla, con crudeza, de cómo se gana y se conserva el poder.
Temas y análisis
La verdad efectiva frente a la política soñada
El corazón del libro es una decisión de método: Maquiavelo se propone ir «a la verdad efectiva de la cosa» y no a su imagen ideal. En lugar de describir al gobernante perfecto que exigían los tratados medievales, estudia lo que los gobernantes hacen realmente cuando quieren durar. Ese giro —de la moral prescriptiva al análisis de los hechos— es lo que convierte a El Príncipe en el primer texto de la ciencia política moderna.
Virtù contra fortuna
Toda la obra se juega en la tensión entre dos fuerzas. La fortuna es el azar, la ocasión, el río que cuando crece lo arrastra todo; la virtù es la energía, la astucia y la decisión del hombre capaz de levantar diques antes de la crecida. Maquiavelo calcula que la fortuna dispone de la mitad de nuestros actos, pero insiste en que la otra mitad depende de nuestra audacia: por eso prefiere al príncipe impetuoso que al cauto.
El fin, los medios y la necesidad de «no ser bueno»
La idea más escandalosa del libro no es un elogio del mal, sino una constatación: quien quiere conservar el poder entre tantos que no son buenos debe «aprender a poder no ser bueno» y servirse de ello según la necesidad. La crueldad «bien usada», la palabra rota a tiempo, la apariencia de virtud: son instrumentos que Maquiavelo juzga por sus resultados, no por su conformidad con la ética privada.
Ser temido o ser amado
De aquí nace la sentencia más citada: como es difícil reunir el amor y el temor, es más seguro ser temido, porque el amor se sostiene con un vínculo de gratitud que los hombres rompen en cuanto les conviene, mientras que el temor se sostiene con el miedo al castigo, que no falla. El príncipe debe hacerse temer, eso sí, sin hacerse odiar: para lo cual basta con respetar los bienes y las mujeres de sus súbditos.
Las armas propias y el amor a Italia
Ningún Estado se sostiene con soldados mercenarios o auxiliares: solo las armas propias dan cimiento seguro al poder. Esta convicción militar desemboca en el vuelco final del libro, cuando el analista frío se transforma en patriota y lanza una exhortación vibrante a un príncipe capaz de armar a Italia y liberarla de la dominación extranjera. El realismo, al final, estaba al servicio de un sueño.
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2 gemas
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