Introducción
Hay libros que se leen y libros que se discuten durante siglos. El Príncipe pertenece a la segunda estirpe. Cabe en una tarde y, sin embargo, no ha dejado de provocar desde que Nicolás Maquiavelo lo escribió en 1513, retirado a la fuerza en su pequeña finca de las afueras de Florencia, tras haber servido catorce años a la República y haber sido, luego, encarcelado y torturado por los Médici que ahora volvían al poder. Desde ese destierro, entre faenas del campo por el día y lecturas de los clásicos por la noche, redactó en pocos meses el opúsculo que le sobreviviría a todo.
No es un libro de moral ni un catálogo de buenos deseos. Maquiavelo hace algo que nadie se había atrevido a hacer con tanta franqueza: mira la política a los ojos y la describe tal como funciona, no tal como los predicadores dicen que debería funcionar. «Muchos se han imaginado repúblicas y principados que jamás se han visto», escribe, «pero hay tanta distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende antes su ruina que su conservación». En esa frase está encerrado todo el escándalo del libro y toda su lucidez.
Su pregunta es de una sencillez brutal: ¿cómo se conquista un Estado y, más difícil aún, cómo se conserva? Para responderla no recurre a la teología ni a la utopía, sino a la experiencia y a la historia. Desfilan por estas páginas César Borgia, al que admiró de cerca; Fernando el Católico; Aníbal y Escipión; los emperadores romanos; los reyes de Francia. Cada ejemplo es un experimento sobre el poder, y de cada uno extrae una lección que rara vez consuela.
De ahí salen las ideas que lo hicieron célebre e infame a partes iguales. Que es más seguro ser temido que amado, si no se puede ser ambas cosas. Que el príncipe debe aprender «a no ser bueno» y a usar esa capacidad según la necesidad. Que la palabra dada se guarda mientras conviene y se rompe cuando estorba. Que la fortuna gobierna la mitad de nuestros actos, pero deja la otra mitad a nuestra audacia. Fueron leídas como un manual del cinismo, y durante generaciones «maquiavélico» se volvió sinónimo de pérfido.
Pero reducir El Príncipe a un breviario para tiranos es no haberlo leído hasta el final. En el último capítulo, la voz fría del analista se quiebra en una exhortación encendida a librar a Italia —dividida, invadida, humillada— de los bárbaros. El hombre que parecía enseñar a engañar resulta ser un patriota dolido que sueña con un país unido y libre.
Léelo, entonces, sin las anteojeras de su leyenda. Encontrarás una prosa seca, veloz, sin adornos, que va al hueso de cada asunto; una inteligencia que no se engaña ni te deja engañarte; y un espejo incómodo en el que, cinco siglos después, seguimos reconociendo los mecanismos del poder. Pocos libros tan pequeños han cambiado tanto la manera en que pensamos el mundo.