El jorobadito
Roberto ArltNovela· Sociedad · ⏱ ~33 min de lectura
Contexto
Buenos Aires en ebullición: el mundo que forjó a Roberto Arlt
Roberto Arlt nació en Buenos Aires en 1900, hijo de inmigrantes europeos —un padre alemán y una madre de origen austrohúngaro— en el barrio de Flores, uno de los tantos espacios porteños donde la oleada migratoria de finales del siglo XIX y comienzos del XX había creado una sociedad plural, tensa y en permanente transformación. Esa Buenos Aires de conventillos, talleres mecánicos y cafés bulliciosos fue el laboratorio vital de Arlt: un escritor autodidacta que abandonó la escuela primaria y se formó leyendo a Fyodor Dostoievski, Maxim Gorki, Leonid Andreyev y a los folletinistas populares europeos. Su condición de marginal dentro del campo literario argentino —dominado entonces por figuras de la élite como Leopoldo Lugones— marcó profundamente tanto su visión del mundo como su estilo áspero, urgente y deliberadamente antiestético.
La Argentina de entreguerras y la crisis del 30
El jorobadito fue publicado en 1933, en plena resaca del crack bursátil de 1929 y del golpe de Estado de José Félix Uriburu de 1930, que derrocó al gobierno radical de Hipólito Yrigoyen e inauguró la llamada Década Infame en Argentina. Este contexto de fractura política, desempleo, corrupción institucional y violencia social tiñe los relatos del volumen con una atmósfera de degradación moral y desesperación existencial. Arlt trabajaba entonces como cronista en el diario El Mundo, donde publicaba sus célebres Aguafuertes porteñas desde 1928, columnas que le daban un pulso directo sobre la vida urbana y popular de Buenos Aires. Esa doble condición de periodista y narrador le permitió capturar con precisión sociológica los tipos humanos que pueblan sus cuentos: el lumpen, el pequeño empleado, el soñador fracasado, el delincuente de poca monta.
El lugar de «El jorobadito» en la obra de Arlt
El volumen reúne catorce relatos y constituye, junto con Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931), el núcleo central de la narrativa arltiana. A diferencia de sus novelas, de aliento expresionista y estructura más extensa, los cuentos de El jorobadito concentran la crueldad, el humor negro y la violencia psicológica en espacios breves y de gran intensidad. El cuento que da título al libro, protagonizado por una figura deforme que desencadena humillación y sadismo, sintetiza la obsesión arltiana por la degradación humana y el poder corrosivo de la miseria. El libro fue el único volumen de cuentos que Arlt publicó en vida —el segundo, El criador de gorilas, apareció póstumamente en 1941 con relatos de ambientación árabe—, lo que le otorga un lugar singular en su trayectoria.
Vanguardia, realismo y los debates literarios de los años 30
La aparición de El jorobadito se inscribe en el tenso debate entre los grupos literarios argentinos de la época: el llamado grupo de Florida, asociado a la revista Martín Fierro (1924–1927) y a figuras como Jorge Luis Borges, Ricardo Güiraldes y Oliverio Girondo, y el grupo de Boedo, vinculado a una literatura de compromiso social y lenguaje accesible, con autores como Elías Castelnuovo y Leónidas Barletta. Arlt fue una figura incómoda para ambas facciones: demasiado experimental y subjetivo para Boedo, demasiado urgente y descuidado formalmente para Florida. Su prosa mezclaba lunfardo, neologismos técnicos, calcos del italiano y el alemán, y una sintaxis fracturada que escandalizó a los puristas del idioma pero que resultó enormemente expresiva para retratar la oralidad porteña de las clases populares.
Recepción contemporánea y reivindicación póstuma
En vida, Arlt fue apreciado por lectores populares y por algunos pares como Raúl González Tuñón, pero la crítica literaria institucional lo trató con condescendencia o lo ignoró. Su muerte prematura en Buenos Aires en 1942, a los 42 años, pareció sellar su marginalidad. Sin embargo, a partir de los años 50 y 60 comenzó una reivindicación sistemática: el crítico Adolfo Prieto y luego Ricardo Piglia —quien lo convirtió en figura central de su ensayo Respiración artificial (1980) y de numerosos estudios sobre la tradición narrativa argentina— lo situaron como precursor indiscutible de la literatura latinoamericana moderna. Julio Cortázar reconoció su deuda con Arlt, y escritores como Manuel Puig o Osvaldo Soriano heredaron su mirada sobre los márgenes urbanos.
Influencia e irradiación internacional
Desde finales del siglo XX, El jorobadito y la obra de Arlt en general han sido traducidos al francés, italiano, alemán, inglés y portugués, consolidando su presencia en los estudios de literatura latinoamericana a nivel global. La crítica comparada ha establecido vínculos entre Arlt y Dostoievski, Franz Kafka y Alfred Döblin, situándolo en una corriente de modernismo urbano y expresionismo literario de alcance transnacional. En Argentina, su figura ha sido canonizada definitivamente: calles, teatros y premios llevan su nombre, y sus obras integran los programas universitarios de literatura hispanoamericana en todo el mundo hispanohablante. El jorobadito permanece como uno de los libros fundamentales para comprender la narrativa breve en lengua española del siglo XX y la configuración literaria de la identidad urbana rioplatense.
Temas y análisis
Temas, motivos y símbolos principales de El jorobadito de Roberto Arlt
Aviso de spoilers: el análisis siguiente revela situaciones, conflictos y desenlaces de los cuentos del volumen. Se recomienda leer la obra antes de continuar.
La crueldad como forma de conocimiento: el sadismo cotidiano
En el cuento que da título al libro, Arlt coloca en el centro una relación perturbadora entre el narrador y Rigoletto, el jorobado. La crueldad no aparece como excepción monstruosa sino como impulso latente en el hombre ordinario. El narrador experimenta con el dolor ajeno casi con curiosidad clínica, y Arlt convierte ese gesto en una forma retorcida de explorar la propia interioridad. La joroba funciona como símbolo de la diferencia radical, de aquello que la sociedad aparta y que, paradójicamente, fascina y provoca. El texto interroga si la maldad es una pulsión primitiva o una respuesta al vacío moral de la modernidad urbana.
La humillación y el resentimiento como motores existenciales
A lo largo del volumen, los personajes arltinos están marcados por la humillación acumulada: la pobreza, el fracaso amoroso, la marginalidad social. Ese resentimiento no se sublima sino que se convierte en energía destructiva dirigida hacia otros o hacia uno mismo. Arlt explora cómo la vergüenza y la inferioridad percibida moldean identidades enteras, generando ciclos de violencia simbólica y real. El símbolo recurrente de la mirada —ser visto, ser juzgado, ser ridiculizado— articula este eje: los personajes viven aterrados o fascinados por la mirada del otro.
El cuerpo deforme y la monstruosidad social
La deformidad física de Rigoletto no es un mero detalle costumbrista: es una metáfora de la exclusión estructural. Arlt, influido por el expresionismo y el grotesco rioplatense, usa el cuerpo anómalo para hablar de todos aquellos que la ciudad moderna descarta. La joroba condensa el estigma, la diferencia insalvable, pero también una especie de verdad incómoda que los cuerpos normativos prefieren no ver. En este sentido, el jorobado se convierte en un espejo deformante de la sociedad burguesa: muestra lo que ella produce y luego niega.
La ciudad de Buenos Aires: escenario hostil y generador de violencia
Buenos Aires en los años treinta es un personaje más en los cuentos de Arlt. Los conventillos, los cafetines, los cuartos de pensión y las calles nocturnas forman un ecosistema de precariedad donde los vínculos humanos se degradan. La ciudad no es el espacio de la promesa moderna sino el de la frustración sistemática. Este motivo conecta El jorobadito con el resto de la obra arltiana: la metrópolis como máquina que tritura a los débiles y convierte la solidaridad en lujo imposible.
El mal gratuito y la libertad perversa
Arlt dialoga, a su manera áspera y autodidacta, con la tradición dostoievskiana del hombre del subsuelo. Varios personajes del volumen cometen actos de daño sin motivación utilitaria clara: el mal como afirmación de una voluntad que no encuentra otro cauce. Esta libertad perversa es, en Arlt, una forma desesperada de existir, de demostrar que se es algo más que un engranaje. El símbolo del acto gratuito —herir, humillar, destruir sin ganancia aparente— funciona como crítica implícita a una sociedad que ha clausurado todas las vías de realización legítima para ciertos sujetos.
La escritura como salvación imposible: el narrador cómplice
Un rasgo distintivo de Arlt es la construcción de narradores que no se distancian moralmente de lo que cuentan, sino que se implican, confiesan y se regodean. En El jorobadito, la voz narrativa no juzga desde afuera: participa, duda, se acusa y continúa. Esto convierte la escritura en un acto ambiguo, ni redención ni condena, sino testimonio turbio. Arlt parece sugerir que la literatura no salva al escritor ni al lector, pero sí obliga a mirar de frente aquello que la cultura oficial prefiere silenciar: la brutalidad, el deseo de hacer daño, la soledad radical del individuo moderno.
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