Introducción
Hay escritores que llegan a la literatura como quien irrumpe en una sala: sin llamar, sin pedir permiso, dejando la puerta abierta de par en par para que entre el frío. Roberto Arlt fue uno de ellos. Hijo de inmigrantes, autodidacta feroz, cronista de Buenos Aires en los años en que esa ciudad todavía olía a madera recién cortada y a miseria sin disimulo, Arlt escribió sus cuentos con la misma urgencia con que un hombre que se ahoga agita los brazos: porque no había otra manera de sobrevivir a lo que veía.
El jorobadito, publicado en 1933, reúne algunos de los relatos más perturbadores y más vivos que dio la narrativa argentina del siglo XX. No son cuentos cómodos. No fueron escritos para serlo. Arlt tenía una convicción casi física de que la literatura debía rozar la llaga, no cubrirla con un paño limpio, y cada página de este libro es prueba de esa convicción.
Lo que distingue a estos relatos de tantos otros que también retratan la marginalidad o el dolor es su temperatura. Arlt no observa a sus personajes desde arriba, con la distancia clínica del escritor que estudia tipos sociales. Los habita. El jorobado, el humillado, el violento, el soñador fracasado: todos ellos tienen una densidad interior que los hace incómodos de leer porque resultan demasiado reconocibles. Uno los lee y siente que los ha visto, o que los ha sido, aunque nunca se lo haya confesado a nadie.
Hay en Arlt una crueldad que no es sadismo sino lucidez. Sus personajes hacen daño porque están hechos de daño; desean con ferocidad porque el deseo es lo único que les queda cuando todo lo demás —la dignidad, el dinero, el amor— se ha ido escurriendo entre los dedos. Esa lógica interior, esa coherencia brutal, es lo que hace que sus historias duelan de una manera que pocas ficciones logran.
El Buenos Aires que aparece en estas páginas no es el de los tangos nostálgicos ni el de las grandes avenidas iluminadas. Es el de los conventillos, los cafetines de mala muerte, las pensiones donde la humillación se sirve junto con el desayuno. Pero Arlt consigue algo extraordinario: ese mundo específico, datado, geográficamente preciso, se abre de pronto hacia algo universal. Porque la humillación no tiene pasaporte, y el rencor tampoco.
Su prosa merece una mención aparte. Arlt escribía rápido, apremiado por los plazos del periodismo y por la necesidad económica, y esa velocidad dejó marcas en su estilo: una sintaxis a veces irregular, un vocabulario que mezcla el lunfardo con términos casi filosóficos, una cadencia que no se parece a ninguna otra en la lengua española. Hay quien vio en eso un defecto. Hay quien vio en eso su grandeza. El tiempo ha dado la razón a los segundos.
Leer El jorobadito hoy es enfrentarse a una pregunta que el libro no formula explícitamente pero que late en cada uno de sus relatos: ¿qué le hace a una persona vivir convencida de que el mundo no la quiere? La respuesta que Arlt propone no es tranquilizadora. Pero es honesta, y en literatura la honestidad vale más que el consuelo.
Este es un libro que no se olvida fácilmente. No porque sea oscuro —aunque lo es— sino porque tiene esa cualidad rara de los grandes relatos: la de quedarse dentro del lector mucho después de que se ha cerrado la última página, como un ruido que no termina de apagarse.