El poeta de Mantua
Publio Virgilio Marón nació cerca de Mantua, en el norte de Italia, el 15 de octubre del año 70 a. C., en una familia de modestos propietarios rurales. Ese origen campesino le dejó un amor profundo por la tierra, la naturaleza y la vida agrícola que impregnaría toda su obra. De temperamento tímido, delicado y reservado, se formó en retórica y filosofía, pero pronto se consagró a la poesía. Vivió en la época decisiva del paso de la República al Imperio, y su talento le valió la protección de Mecenas y del propio emperador Augusto, cuyo proyecto de restauración de Roma celebraría en sus versos.
Las «Bucólicas» y las «Geórgicas»
Sus primeras grandes obras cantaron el mundo rural. Las Bucólicas (o Églogas) son poemas pastoriles en los que, siguiendo el modelo griego, evoca un mundo idealizado de pastores, amores y música en el campo, con una musicalidad y una delicadeza exquisitas; una de ellas, que parecía anunciar el nacimiento de un niño que traería una nueva edad de oro, fue interpretada después por los cristianos como una profecía. Las Geórgicas son un poema didáctico sobre la agricultura y la vida del campo, pero también un himno a la tierra, al trabajo y a Italia, de una belleza y una perfección formal insuperables.
La «Eneida»
Su obra maestra, en la que trabajó los últimos años de su vida, es la Eneida, la gran epopeya nacional de Roma. Narra las aventuras del héroe troyano Eneas que, tras la caída de Troya, viaja hasta Italia para fundar el linaje del que nacería Roma, cumpliendo un destino trazado por los dioses. Inspirada en Homero pero con un espíritu propio, la Eneida exalta las virtudes romanas —la piedad, el deber, la perseverancia— y glorifica el destino imperial de Roma y de Augusto. Su relato de la caída de Troya, de los amores trágicos de Eneas y la reina Dido, y del descenso a los infiernos, contiene algunos de los pasajes más célebres de la literatura universal.
El arte de Virgilio
Virgilio es un maestro de la forma. Su verso, de una musicalidad, un equilibrio y una perfección incomparables, y su capacidad para unir la grandeza épica con la ternura, la melancolía y la compasión por el sufrimiento humano, hacen de él uno de los mayores artistas de la palabra de todos los tiempos. Su famosa expresión de la piedad ante el dolor del mundo —«sunt lacrimae rerum», «hay lágrimas en las cosas»— resume esa sensibilidad honda y humana que atraviesa su obra, más allá de la exaltación patriótica.
Una obra casi perdida
Virgilio murió en Brindis el 21 de septiembre del año 19 a. C., al regresar de un viaje a Grecia, dejando la Eneida revisada solo en parte. Según la tradición, pidió en su lecho de muerte que el poema fuera destruido, por considerarlo imperfecto e inacabado, pero el emperador Augusto lo impidió y ordenó su conservación y publicación, salvando así para la humanidad una de sus mayores obras.
Legado
La influencia de Virgilio en la cultura occidental no tiene parangón. Durante toda la Edad Media y el Renacimiento fue el poeta por excelencia, estudiado, imitado y venerado como una autoridad casi sagrada; Dante lo eligió como guía en su viaje por el infierno y el purgatorio en la Divina Comedia, símbolo de la razón y la poesía humanas. La Eneida fue el modelo de la epopeya occidental durante siglos, y su perfección formal, el ideal al que aspiraron generaciones de poetas. Virgilio permanece como la voz suprema de la poesía latina y como uno de los pilares sobre los que se ha edificado toda la tradición literaria de Occidente.