Foto de Oscar Wilde

Biografía de Oscar Wilde

Escritor irlandés · 1854–1900

Hijo de Dublín y de dos padres extraordinarios

Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde nació en Dublín el 16 de octubre de 1854, en el seno de una familia tan brillante como excéntrica. Su padre, sir William Wilde, era un célebre cirujano de oídos y ojos, arqueólogo aficionado y mujeriego notorio; su madre, Jane, escribía poemas incendiarios a favor de la independencia irlandesa bajo el seudónimo de «Speranza» y presidía un salón literario donde el joven Oscar aprendió, desde niño, que el ingenio era la más alta forma de poder. Creció entre libros, conversación deslumbrante y la certeza de estar destinado a algo grande.

Oxford y la religión de la belleza

Estudió en el Trinity College de Dublín y luego en Oxford, donde brilló como un cometa. Allí abrazó el esteticismo —la idea de «el arte por el arte»— bajo la influencia de John Ruskin y de Walter Pater, y ganó un prestigioso premio de poesía. Pero, más que por sus notas, se hizo famoso por su persona: se vestía como una provocación viviente, decoraba su habitación con porcelanas y flores, y repartía epigramas que corrían de boca en boca. La fama le llegó, insólitamente, antes que la obra. Cuando en 1882 desembarcó en Estados Unidos para una gira de conferencias, declaró en la aduana: «No tengo nada que declarar salvo mi genio».

Cuentos de hadas y comedias de salón

De vuelta en Londres se casó con Constance Lloyd, con quien tuvo dos hijos, y para ellos empezó a escribir unos cuentos de hadas de una ternura y una tristeza inolvidables, como El ruiseñor y la rosa o «El príncipe feliz», donde bajo la fantasía late una compasión por el que sufre que sus paradojas solían disimular. Después conquistó los teatros del West End con comedias chispeantes que desnudaban la hipocresía victoriana haciéndola reír de sí misma. La cúspide llegó en 1895 con La importancia de llamarse Ernesto, una obra maestra de la comedia donde cada frase es un fuego de artificio.

Dorian Gray: la belleza como tentación

Entre medias había publicado su única novela, El retrato de Dorian Gray (1890): la historia de un joven que conserva intacta su belleza mientras su retrato envejece por él y se carga con todos sus pecados. El escándalo fue inmediato; se la acusó de inmoral, y Wilde respondió que no existen libros morales o inmorales, solo libros bien o mal escritos. Con esa novela, y con el drama Salomé, dejó claro que tras el dandi había un artista que jugaba con fuego: el de la belleza y el del deseo.

La caída

En la cima de su gloria, Wilde se enamoró perdidamente de un joven aristócrata, lord Alfred Douglas, «Bosie». El padre del muchacho, el brutal marqués de Queensberry, lo persiguió con saña. Wilde, mal aconsejado, lo demandó por difamación… y el juicio se volvió contra él: la homosexualidad era entonces un delito. En 1895, la misma sociedad que había aplaudido su ingenio lo condenó a dos años de trabajos forzados. De la celda de la cárcel de Reading —humillado, arruinado, separado de sus hijos— salieron sus dos obras más hondas y sinceras: la larga confesión de De profundis y el estremecedor poema La balada de la cárcel de Reading, un lamento por todos los condenados del mundo.

El exilio y la muerte de un rey caído

Al salir de prisión en 1897 era un hombre roto. Se exilió en Francia bajo un nombre falso, sin dinero y abandonado por casi todos. Murió pobre en un modesto hotel de París el 30 de noviembre de 1900, fiel a su humor hasta el último aliento: contemplando el horrible papel pintado de su cuarto, habría murmurado que «uno de los dos tenía que irse». Tenía cuarenta y seis años.

El apóstol del esteticismo

Antes de ser un dramaturgo célebre, Wilde fue el gran predicador de una idea revolucionaria para su tiempo: que la belleza importa por sí misma, que el arte no necesita ser útil ni moral para justificar su existencia. Recorrió los Estados Unidos de costa a costa dando conferencias sobre decoración, vestido y buen gusto, con el pelo largo, medias de seda y un girasol en la solapa. El público acudía a burlarse del estrafalario esteta inglés y salía rendido ante su ingenio. Convirtió además la conversación en un arte mayor: quienes lo trataron aseguraban que hablando era todavía más deslumbrante que escribiendo, capaz de improvisar cuentos enteros en una sobremesa y de dejar una frase suspendida en el aire como si fuese una joya. Detrás de la pose había una convicción seria, heredada de sus maestros de Oxford: el gusto se educa, la fealdad empobrece el alma y rodearse de belleza es una forma de resistencia contra la mediocridad de la era industrial.

Las máscaras y la verdad

Wilde jugó toda su vida con las máscaras. Predicaba la superficie —«solo la gente superficial no juzga por las apariencias», escribió— pero cada una de sus paradojas escondía una verdad incómoda. Sus comedias, que parecen frívolas, son en el fondo radiografías demoledoras de una sociedad hipócrita que castigaba en público lo que toleraba en privado; sus cuentos infantiles, envueltos en encaje, hablan del sacrificio y de la injusticia con una hondura casi religiosa. Esa doble condición —el hombre que se reía de todo y que, en secreto, sentía profundamente— es la clave de su magia perdurable. Fue un irlandés triunfando en Inglaterra, un forastero que conquistó Londres, un moralista disfrazado de cínico. Y cuando la sociedad lo derribó, esa misma lucidez le permitió transformar la humillación en literatura, sin una gota de autocompasión, mirando de frente su propia ruina.

El hombre detrás del ingenio

Conviene no olvidar que, bajo el brillo, hubo un padre tierno que inventaba cuentos para sus dos hijos y un amigo generoso que ayudaba a jóvenes escritores sin pedir nada a cambio. La tragedia final de Wilde fue también la de un hombre que perdió a esos hijos —a los que apenas volvió a ver— y que murió lejos de todo lo que había amado. Quizá por eso conmueve tanto: porque su historia no es solo la del genio deslumbrante, sino la del ser humano frágil que late detrás de toda máscara, el precio de carne y hueso que costó cada una de sus frases inmortales.

La venganza del tiempo

El tiempo le dio la razón por completo. Hoy Wilde es un símbolo universal de la libertad individual, del derecho a ser uno mismo y del poder subversivo de la belleza. Sus comedias siguen llenando teatros, sus cuentos emocionan a nuevas generaciones y sus frases —afiladas, luminosas, incorregiblemente ingeniosas— se citan como pequeñas obras maestras del pensamiento. Admirado por André Gide y rival de salón de tantos, Wilde convirtió su propia vida —el triunfo y la caída— en su obra más memorable. Nadie ha hecho del ingenio un arte con tanta elegancia, ni ha pagado un precio tan alto por atreverse a ser distinto.

Obras de Oscar Wilde

Autores similares

Todavía no hay nadie por aquí.

Cargando…

🍪 Usamos cookies

Al navegar por ofrases aceptas el uso de cookies propias y de terceros para analítica y publicidad, necesarias para ofrecerte el servicio y mejorar tu experiencia. Más información.