Una vida azarosa
William Sydney Porter, conocido por su seudónimo O. Henry, nació en Greensboro, Carolina del Norte, el 11 de septiembre de 1862. Su vida estuvo llena de altibajos y de episodios novelescos: trabajó en una farmacia, en un rancho de Texas, como dibujante y como empleado de banca. Precisamente su empleo en un banco derivó en una acusación de desfalco que lo llevó a huir a Honduras y, tras regresar por la enfermedad de su esposa, a cumplir varios años de prisión. Fue en la cárcel donde empezó a escribir relatos en serio y a firmarlos con el seudónimo que lo haría célebre, forjando de la adversidad su vocación literaria.
El cronista de Nueva York
Tras salir de prisión, O. Henry se instaló en Nueva York, ciudad que se convirtió en el gran escenario de sus cuentos. La llamó «Bagdad sobre el Hudson», y la retrató en centenares de relatos publicados en periódicos y revistas, con un ritmo de producción frenético. Sus protagonistas son la gente común de la gran urbe: dependientas, oficinistas, vagabundos, pequeños estafadores, enamorados sin dinero, hombres y mujeres corrientes cuyas vidas modestas O. Henry ilumina con humor, ternura y una honda simpatía. Su Nueva York bulliciosa y humana quedó fijada para siempre en sus páginas.
El maestro del final sorprendente
O. Henry es célebre sobre todo por sus finales sorprendentes, esos giros inesperados que dan la vuelta al relato en sus últimas líneas y revelan de pronto un sentido nuevo. Su cuento más famoso, «El regalo de los Reyes Magos», narra cómo una joven pareja pobre se sacrifica mutuamente en secreto por Navidad: ella vende su cabellera para comprarle una cadena para su reloj, mientras él vende el reloj para comprarle unas peinetas para su pelo. Ese final, a la vez irónico y conmovedor, ejemplifica su arte de unir la sorpresa con la emoción y una lección sobre el amor y la generosidad. «La última hoja», «El policía y el himno» o «Un ajuste económico» son otras muestras de su maestría.
Humor, ironía y humanidad
La obra de O. Henry combina el humor, la ironía, la ternura y una aguda observación de la vida y las debilidades humanas. Bajo la ligereza aparente de sus relatos late una compasión genuina por sus personajes humildes y una mirada indulgente sobre sus flaquezas y sus sueños. Su estilo, ágil, ingenioso y lleno de coloquialismos y de guiños al lector, y su dominio de la estructura del cuento breve, hicieron de él uno de los autores más populares y queridos de su país.
Una obra inmensa
En apenas una década de intensa actividad, O. Henry escribió cientos de cuentos, reunidos en numerosos volúmenes. Su facilidad y su fecundidad eran asombrosas, aunque la necesidad económica y una vida difícil, marcada por el alcohol y las deudas, lo empujaron a un ritmo agotador. Esa producción torrencial, desigual pero jalonada de auténticas obras maestras, lo convirtió en una institución del cuento estadounidense.
Legado
O. Henry murió en Nueva York el 5 de junio de 1910, en la pobreza y a los cuarenta y siete años. Su prestigio, sin embargo, no dejó de crecer: se convirtió en sinónimo del cuento de final sorprendente y en uno de los maestros del relato breve estadounidense. En su honor se creó un célebre premio literario que lleva su nombre y que distingue a los mejores cuentos publicados cada año. Sus relatos, con su humor, su ternura y sus finales inolvidables, siguen leyéndose y disfrutándose en todo el mundo. O. Henry supo encontrar la poesía, la sorpresa y la emoción en las vidas más humildes, y dejó a la literatura un tesoro de historias que celebran, con una sonrisa y a veces con una lágrima, la humanidad de la gente corriente.