El niño del Misisipi
Samuel Langhorne Clemens, que adoptaría el seudónimo de Mark Twain, nació en Florida (Misuri) el 30 de noviembre de 1835 y creció en Hannibal, un pueblo a orillas del río Misisipi que sería el escenario mítico de sus mejores obras. El seudónimo procede de la jerga de los barcos fluviales: «mark twain» era el grito que indicaba dos brazas de profundidad, agua segura para navegar. Aquel gran río, con sus vapores, sus balsas y sus personajes, marcó su imaginación para siempre. De joven fue aprendiz de tipógrafo, piloto de barco de vapor, minero y periodista, acumulando la experiencia vital que nutriría su literatura.
El humorista
Twain saltó a la fama como humorista con relatos como «La célebre rana saltarina del condado de Calaveras» y con crónicas de viajes llenas de ironía, como Inocentes en el extranjero. Su humor —basado en la exageración, el habla coloquial, la sátira de las pretensiones humanas y una lógica disparatada— lo convirtió en el escritor más popular y solicitado de su país, una celebridad que llenaba salas con sus conferencias. Pero bajo la comicidad latía siempre una mirada crítica y a menudo amarga sobre la hipocresía, la codicia y las locuras de la sociedad.
Tom Sawyer y Huckleberry Finn
Sus obras maestras nacen de sus recuerdos del Misisipi. Las aventuras de Tom Sawyer (1876) evoca con nostalgia y humor las travesuras de la infancia en un pueblo ribereño. Su continuación, Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), es considerada por muchos la gran novela estadounidense: el viaje en balsa de un muchacho blanco y un esclavo fugitivo, Jim, río abajo, se convierte en una profunda reflexión sobre la libertad, la amistad, la conciencia moral y la esclavitud. Escrita en el habla vernácula de sus personajes, rompió con la tradición literaria europea y fundó una voz genuinamente americana. Hemingway llegó a decir que «toda la literatura estadounidense moderna procede» de ese libro.
El crítico social
Twain fue un satírico implacable de su época, la de la posguerra civil que él mismo bautizó como la «Edad Dorada» —título de una novela suya— para denunciar su corrupción y su culto al dinero bajo una fachada de esplendor. En Un yanqui en la corte del rey Arturo satirizó tanto el feudalismo como el progreso; en obras tardías como El forastero misterioso desplegó una visión cada vez más pesimista y sombría de la naturaleza humana. Antiimperialista convencido, denunció la violencia colonial y el racismo con una vehemencia notable para su tiempo.
Éxito y desdichas
La vida de Twain fue una montaña rusa de éxito y desastre. Ganó fortunas con sus libros y conferencias, pero las perdió en inversiones ruinosas —sobre todo en una máquina de componer tipos que lo llevó a la quiebra—, y tuvo que emprender extenuantes giras mundiales para pagar sus deudas, que saldó por completo por un escrupuloso sentido del honor. La muerte de su esposa y de dos de sus hijas ensombreció sus últimos años y acentuó el tono desengañado de sus escritos finales.
Estilo y voz
La gran revolución de Twain fue lingüística: llevó a la literatura el habla real, coloquial y regional de los estadounidenses, con sus dialectos, su humor y su vitalidad, liberándola de la solemnidad y el academicismo importados de Europa. Su prosa, aparentemente sencilla y siempre eficaz, tiene un oído infalible para el ritmo del lenguaje hablado. Ese hallazgo abrió el camino a toda la narrativa estadounidense posterior.
Legado
Mark Twain murió en Redding (Connecticut) el 21 de abril de 1910, cumpliéndose su predicción de que se iría con el cometa Halley, como había llegado. Reconocido como el «padre de la literatura estadounidense», dejó una obra que combina como ninguna el humor y la crítica, la ternura por la infancia y la lucidez sobre las miserias humanas. Sus personajes del Misisipi son ya patrimonio universal, y su voz —irónica, libre y profundamente humana— sigue siendo una de las más queridas de las letras.