Biografía de León Tolstoi
Filósofo Rusia · 1828–1910
El conde huérfano de Yásnaia Poliana
Lev Nikoláievich Tolstói nació el 9 de septiembre de 1828 en Yásnaia Poliana, la vasta finca familiar al sur de Moscú donde transcurriría casi toda su vida. Descendía de la más alta aristocracia rusa, pero la fortuna no lo protegió del dolor temprano: su madre murió cuando él tenía dos años y su padre cuando tenía nueve. Criado por tías y preceptores en aquel paraíso rural de bosques y campesinos, el niño Tolstói desarrolló a la vez un amor por la tierra y una conciencia inquieta que ya no lo abandonaría.
Juventud disipada y el horror de la guerra
De joven fue todo lo contrario del sabio que llegaría a ser: abandonó la universidad, se hundió en el juego, las deudas y la vida disipada de la aristocracia moscovita, y llevaba un diario atormentado por sus propios vicios. Buscando un rumbo, se alistó en el ejército y sirvió en el Cáucaso y en el terrible sitio de Sebastopol, durante la guerra de Crimea. Allí, entre la sangre y el absurdo, vio de cerca el horror de la guerra —y también el valor sencillo de los soldados—, una experiencia que marcaría para siempre su mirada.
Las cumbres de la novela
De vuelta en Yásnaia Poliana, casado con Sofía —que le daría trece hijos y copiaría a mano, una y otra vez, sus manuscritos—, Tolstói escribió las dos novelas que lo consagraron como el mayor narrador de su siglo. En «Guerra y paz» desplegó un fresco monumental de Rusia frente a la invasión napoleónica, con cientos de personajes vivos. Y en Ana Karénina contó la tragedia de una mujer arrastrada por una pasión prohibida, con una hondura psicológica y una compasión que aún estremecen. Nadie había mirado el alma humana con semejante amplitud y verdad.
La gran crisis y la conversión
En la cima del éxito y la riqueza, Tolstói cayó en una crisis espiritual devastadora. Rodeado de todo lo que un hombre puede desear, se preguntó para qué vivir y estuvo al borde del suicidio. De aquel abismo salió convertido en otro hombre: rechazó el lujo, la Iglesia oficial e incluso, por un tiempo, su propia gloria literaria. Buscó una fe cristiana radical y sencilla, basada en el Sermón de la Montaña: la no violencia, el perdón, el amor al prójimo, la vida honrada del que trabaja la tierra. Quiso repartir sus bienes y vivir como un campesino, lo que abrió una herida dolorosa con su familia.
El profeta moral
De esa segunda vida nacieron obras más breves y desnudas, pero de una fuerza espiritual arrolladora. En La muerte de Iván Ilich siguió, minuto a minuto, la agonía de un hombre común que solo al final comprende cómo debió haber vivido; en Resurrección lanzó su crítica más feroz contra la injusticia social; y en relatos como Cuánta tierra necesita un hombre o De lo que vive el hombre destiló su sabiduría moral en parábolas de una claridad luminosa.
La huida final
Sus últimos años fueron un tormento: la contradicción entre sus ideales de pobreza y la vida acomodada de su familia hizo insoportable la convivencia. Una noche de octubre de 1910, a los ochenta y dos años, Tolstói huyó en secreto de su casa buscando morir en paz, lejos de todo. Cayó enfermo en el camino y murió pocos días después en la humilde estación de tren de Astápovo, mientras el mundo entero seguía la noticia minuto a minuto. Fue un final tan dramático como una de sus novelas.
El maestro de escuela descalzo
Pocos saben que Tolstói fue también un pedagogo apasionado y muy adelantado a su tiempo. En su finca de Yásnaia Poliana abrió una escuela para los hijos de los campesinos, a los que enseñaba él mismo, sin castigos ni exámenes, dejándolos entrar y salir a su antojo y aprender por curiosidad y no por miedo. Redactó cartillas y cuentos sencillos para que los niños del pueblo aprendieran a leer, y viajó por Europa estudiando sus métodos educativos, que casi siempre le parecían rígidos y crueles. Aquella fe en la bondad natural del ser humano, que debía cultivarse y no domesticarse, recorre toda su filosofía: para él, la civilización había corrompido lo que la vida sencilla del campo aún conservaba puro.
Excomulgado y perseguido
Su cristianismo radical lo enfrentó con los dos grandes poderes de la Rusia zarista. Predicaba un evangelio sin milagros ni jerarquías, y negaba la autoridad de la Iglesia oficial; en 1901, el Santo Sínodo lo excomulgó formalmente, un escándalo que solo aumentó su prestigio moral entre el pueblo. El zar, por su parte, no se atrevía a tocarlo: encarcelar al escritor más famoso del mundo habría resultado peor que soportarlo. Miles de personas —los «tolstoyanos»— intentaron vivir según sus ideas de no violencia, vegetarianismo y trabajo manual, y a Yásnaia Poliana peregrinaban admiradores de todo el planeta como si fuera un santuario. Tolstói, incómodo con esa condición de profeta, seguía labrando la tierra con sus propias manos y remendándose las botas, buscando hasta el final una coherencia casi imposible entre lo que predicaba y lo que era.
El artista y el predicador en guerra
Dentro de Tolstói convivieron siempre, en pugna, dos hombres: el artista genial que amaba la vida, la caza, la música y la belleza del mundo, y el moralista severo que lo condenaba todo en nombre de una virtud casi inalcanzable. En un tratado famoso llegó a renegar de sus propias novelas por considerarlas un lujo inútil, y a medir el valor del arte únicamente por su utilidad moral. Esa contradicción no lo debilitó: la convirtió en el motor de una sinceridad feroz consigo mismo, que hace de sus diarios uno de los documentos humanos más honestos jamás escritos. Nunca dejó de juzgarse, de dudar ni de empezar otra vez de cero, y esa inquietud perpetua es, quizá, lo más grande que nos legó.
Una conciencia para la humanidad
La influencia de Tolstói desbordó la literatura. Su doctrina de la no violencia inspiró directamente a Mahatma Gandhi —con quien se carteó— y, a través de él, a Martin Luther King y a los movimientos pacifistas del siglo XX. Junto a su gran contemporáneo Dostoyevski elevó la novela rusa a una cima insuperada, y el joven Antón Chéjov lo veneró como a un maestro. Tolstói fue las dos cosas a la vez: el más grande de los novelistas y una conciencia moral para toda la humanidad.