El trágico innovador
Eurípides nació hacia el año 480 a. C. en Salamina, cerca de Atenas, y fue el más joven de los tres grandes trágicos griegos, contemporáneo algo posterior de Esquilo y Sófocles. De temperamento reservado y estudioso, se dice que vivió apartado, dedicado a la reflexión y a la lectura en una época de intensa efervescencia intelectual, la de los sofistas y de Sócrates, cuyas ideas influyeron en su obra. Menos premiado en vida que sus rivales por un público que a veces lo encontraba demasiado audaz, fue sin embargo el más influyente sobre el teatro posterior.
Una nueva mirada
Eurípides transformó la tragedia acercándola a la humanidad común. Frente a los héroes grandiosos y las fuerzas divinas de Esquilo, o el equilibrio noble de Sófocles, Eurípides puso en escena a personajes más realistas, contradictorios y cercanos: mujeres apasionadas, esclavos, seres humillados y vencidos, dioses cuestionados. Se interesó por la psicología, por los conflictos internos, por las pasiones que arrastran a las personas a la destrucción. Introdujo la duda, el escepticismo religioso y la crítica social, cuestionando los mitos y las convenciones de su tiempo con una modernidad que asombra.
«Medea»
Su tragedia Medea es una de las más impactantes de todo el teatro griego. Abandonada por su esposo Jasón, que la deja para casarse con la hija del rey, Medea consuma una venganza atroz: mata a sus propios hijos para herir a Jasón en lo más hondo. La obra explora con una fuerza terrible los celos, la pasión, la condición de la mujer traicionada y extranjera, y el conflicto entre el amor y el odio. Medea, figura desgarradora y aterradora, es uno de los grandes personajes femeninos de la literatura universal, y su drama sigue conmoviendo e inquietando.
El dolor de la guerra
Eurípides fue también una voz contra la crueldad de la guerra. En Las troyanas retrató el sufrimiento de las mujeres de Troya tras la caída de la ciudad —reducidas a la esclavitud, testigos de la muerte de sus hijos—, en un alegato de una humanidad y una piedad conmovedoras, escrito en plena guerra del Peloponeso como implícita denuncia de los horrores que Atenas misma cometía. Obras como Ifigenia, Andrómaca o Hécuba insisten en la mirada compasiva hacia las víctimas y en la crítica de la violencia y la ambición.
Variedad y audacia
Su obra, de la que se conservan unas dieciocho tragedias —muchas más que las de sus rivales—, es de una variedad extraordinaria: junto a las tragedias más sombrías cultivó dramas de intriga y aventura con finales felices, como Ifigenia en Táuride o Helena, anticipando la comedia posterior. Su lenguaje, más llano y accesible que el de Esquilo, y su interés por lo cotidiano y lo psicológico lo acercaron al público y al drama de todos los tiempos.
Legado
Eurípides pasó sus últimos años en la corte del rey de Macedonia, donde murió hacia el 406 a. C. Aunque menos celebrado que Sófocles en su época, su influencia sobre el teatro posterior fue la mayor de los tres: la comedia nueva, el teatro romano —Séneca— y, a través de él, todo el drama occidental bebieron de su humanidad, su psicología y su realismo. Sus personajes intensos y sus conflictos morales siguen representándose y reinterpretándose en todo el mundo. Eurípides es el más «moderno» de los antiguos: el que puso en el centro de la tragedia el corazón humano, con todas sus pasiones, sus dudas y su dolor.