Introducción
Hay escritores que parecen haber nacido en el lugar equivocado del universo, ligeramente desplazados respecto al resto de los mortales, capaces de ver lo que otros no ven o, peor aún, lo que todos intuyen pero nadie se atreve a nombrar. Ambrose Bierce fue uno de ellos. Veterano de la Guerra de Secesión, periodista feroz, hombre que desapareció literalmente en México en 1914 sin dejar rastro —como si la realidad hubiera decidido reclamarlo para sí—, Bierce escribió cuentos que no se parecen a ningún otro cuento escrito en lengua inglesa durante el siglo XIX.
Lo que reúne este volumen bajo el título Pueden suceder tales cosas es una colección de relatos breves que habitan una zona fronteriza: la que separa lo que podemos explicar de lo que nos negamos a creer. No son exactamente cuentos de terror, aunque el miedo aparece. No son exactamente fábulas, aunque enseñan algo. Son, sobre todo, pequeñas trampas perfectamente construidas, donde el lector entra confiado y sale sin saber muy bien qué le ha ocurrido.
Bierce tenía una habilidad particular para lo que podríamos llamar la economía del horror. Sus historias no necesitan páginas y páginas para instalarse en la mente: les basta con unas pocas frases precisas, un detalle fuera de lugar, una lógica que avanza con toda la normalidad del mundo hasta que de pronto se tuerce. Y entonces ya es tarde. El lector ha aceptado las reglas del juego sin darse cuenta de que las reglas nunca fueron las que parecían.
Lo sobrenatural en Bierce no ruge ni se anuncia. Llega con la misma discreción con que llega el frío: uno no sabe exactamente en qué momento empezó a tener frío. Sus criaturas, sus aparecidos, sus espacios imposibles no buscan el espectáculo; buscan la grieta, ese pequeño hueco entre lo cotidiano y lo inexplicable por el que se cuela algo que no debería estar ahí. Y esa sutileza es, paradójicamente, lo que hace sus relatos tan perturbadores.
Hay también en estas páginas una ironía que no es decorativa sino estructural. Bierce no se ríe de sus personajes exactamente, pero tampoco los protege. Los observa con la mirada clínica de alguien que ha visto demasiada muerte real como para tomarse en serio las ilusiones humanas, y esa distancia produce un efecto extraño: una especie de compasión fría, de ternura sin sentimentalismo, que resulta más inquietante que la crueldad directa.
Leerlo hoy, cuando estamos tan acostumbrados a que lo fantástico se explique, se clasifique y se domestique, produce una sensación curiosa de extrañeza recuperada. Bierce no explica nada. No cierra las puertas. Sus finales son con frecuencia aperturas disfrazadas de punto final, y esa incomodidad que dejan es exactamente la que buscaba.
Existe una frase que se le atribuye, extraída de su célebre Diccionario del diablo, que define lo sobrenatural como «aquello que existe fuera de la naturaleza, según quienes no conocen la naturaleza». Esa tensión —entre lo que creemos conocer y lo que se nos escapa— es el territorio exacto donde transcurren estos cuentos.
No hace falta creer en fantasmas para que Pueden suceder tales cosas funcione. Hace falta, simplemente, estar dispuesto a admitir que hay cosas que no sabemos. Y eso, a diferencia de los fantasmas, es algo que todos podemos conceder.