Introducción
No hace falta un veneno ni un puñal para destruir a un hombre: basta una palabra dicha a tiempo, una sospecha sembrada con paciencia. Eso es lo que hace Otelo tan terrible y tan moderno. No hay ejércitos ni batallas decisivas; el campo de batalla es el interior de una mente, y el arma es la insinuación. Shakespeare escribió aquí la más íntima y asfixiante de sus tragedias, y también la más difícil de olvidar.
Su protagonista es un hombre admirable: Otelo, general moro al servicio de Venecia, valiente, respetado, que ha conquistado el amor de la joven Desdémona contándole las aventuras y desdichas de su vida. «Ella me amó por mis trabajos y desdichas —dirá—; yo la amé por su compasión, y no hubo más sortilegios.» Es un amor que ha saltado por encima de la raza, la edad y las convenciones, y que parece invencible. Y sin embargo, en cuestión de días, será destruido.
El instrumento de esa destrucción es Yago, alférez de Otelo y uno de los personajes más inquietantes jamás creados. Herido porque el general ascendió a Casio en su lugar, y movido por una mezcla de envidia, resentimiento y puro placer de hacer daño, Yago urde una intriga de una frialdad escalofriante. No acusa: sugiere. No afirma: deja caer. Finge lealtad mientras vierte gota a gota en el oído de Otelo la idea de que Desdémona lo engaña con Casio. Es el maestro de la media palabra, del silencio cargado de sentido, y su avance es tanto más terrible cuanto que Otelo lo tiene por «Yago el honrado».
Lo genial —y lo desolador— de la obra es cuán poco hace falta para que la semilla germine. Bastan un pañuelo perdido y unas cuantas insinuaciones para que el amor más firme se convierta en la más ciega de las furias. Porque, como advierte el propio Yago con hipócrita solicitud, los celos son «ese pálido monstruo que se burla del alma que le da abrigo»: una vez dentro, ninguna prueba los calma y cualquier sombra los alimenta. «La más ligera sospecha —dice la obra— es para un celoso prueba irrecusable.»
El desenlace, uno de los más sobrecogedores del teatro, muestra hasta dónde puede arrastrar esa locura a un hombre noble, y con qué crueldad se revela demasiado tarde la verdad. Pero Otelo no es solo la historia de unos celos: es una radiografía del mal que se disfraza de amistad, de la fragilidad de la confianza y de esa herida siempre abierta que es sentirse extranjero, distinto, nunca del todo aceptado.
Cuatro siglos después, sigue estremeciendo, porque todos conocemos —de cerca o de lejos— el poder de una mentira bien colocada y el vértigo de la duda que no se apaga. Pocas obras han mirado con tanta lucidez ese abismo.