Introducción
Hay personajes que incomodan porque no nos dejan elegir con quién ponernos. Medea es uno de ellos. Víctima de una traición atroz y, a la vez, autora del más monstruoso de los crímenes, encarna como pocas figuras de la literatura esa zona oscura en la que el dolor más justificado puede desembocar en el horror. Por eso, veinticinco siglos después, su tragedia sigue quitándonos el aliento.
La historia parte de un abandono. Medea no es una mujer cualquiera: princesa y hechicera de la lejana Cólquida, lo entregó absolutamente todo por amor a Jasón. Traicionó a su padre, abandonó su patria, cometió crímenes para que él conquistara el vellocino de oro, y huyó con él a Grecia, donde le dio dos hijos. Y ahora, cuando ya lo ha sacrificado todo, Jasón la repudia fríamente para casarse con la hija del rey de Corinto, un matrimonio que le conviene. Medea queda sola, humillada, y —lo que es peor— extranjera: no tiene ninguna patria a la que regresar, ningún hogar, ningún refugio. Solo le queda su furia.
Eurípides pone en su boca uno de los alegatos más lúcidos y adelantados a su tiempo sobre la condición de la mujer. Medea denuncia que ellas no pueden repudiar al marido ni escapar del matrimonio, que se las juzga por su hogar mientras se glorifica a los hombres por la guerra, y lanza esa frase que ha resonado a través de los siglos: «más quisiera yo embrazar tres veces el escudo que parir una sola». No es una queja menor: es la voz de quien ha comprendido la injusticia de su lugar en el mundo.
Pero lo que hace de Medea una obra abismal es lo que sucede después. Su venganza no será solo contra Jasón: para herirlo donde más duele, para dejarlo sin descendencia y sin futuro, Medea concibe lo impensable, matar a sus propios hijos. Y Eurípides tiene la audacia terrible de mostrarnos su lucha interior: Medea sabe perfectamente el mal que va a cometer, duda, ama a sus hijos, y aun así su cólera puede más que su razón. Es uno de los primeros y más hondos retratos de la pasión que arrasa con todo, incluida la propia humanidad de quien la siente.
La obra escandalizó ya a su público ateniense y no ha dejado de hacerlo desde entonces. Medea es demasiado inteligente, demasiado poderosa, demasiado libre para el papel que el mundo le asigna, y su rebelión adopta la forma más aterradora imaginable. ¿Es un monstruo? ¿Una víctima llevada al límite? ¿Un símbolo de la mujer aplastada que se venga del sistema que la oprime? La grandeza de Eurípides está en no responder: nos deja frente a ella, fascinados y horrorizados, obligados a mirar de frente lo que el ser humano es capaz de hacer cuando el amor se convierte en odio. Pocas tragedias resultan hoy tan modernas, tan perturbadoras y tan imposibles de olvidar.