Introducción
Hay una enfermedad del alma que consiste en desear siempre otra vida distinta de la que se tiene, en creer que la felicidad está en otra parte —en otro lugar, con otra persona, bajo otra luz— y en consumirse persiguiéndola. Flaubert le puso nombre a esa dolencia y la encarnó para siempre en una mujer: Emma Bovary. Y con ella escribió una de las novelas más perfectas y perturbadoras jamás compuestas, un libro que cambió la historia de la literatura.
Emma es una joven campesina que ha crecido leyendo novelas románticas en un convento, y esas lecturas le han llenado la cabeza de un mundo de pasiones arrebatadas, castillos, amantes apuestos y sentimientos sublimes. Cuando se casa con Charles Bovary, un médico rural honrado, torpe y profundamente mediocre, cree por un momento haber alcanzado ese mundo. Pero la realidad no tarda en desengañarla: la vida conyugal es plana, el pueblo es aburrido, su marido no entiende nada de las cosas que ella anhela. Y en el corazón de Emma empieza a crecer un tedio inmenso, una insatisfacción que se convertirá en el motor de su tragedia.
Para llenar ese vacío, Emma se lanza a buscar la vida intensa que había soñado. Se entrega al lujo, a los vestidos, a las deudas; y sobre todo al amor, en dos aventuras adúlteras: primero con Rodolphe, un terrateniente seductor y cínico que juega con ella, y después con Léon, un joven sentimental. Pero ningún amante está a la altura de sus fantasías; cada pasión, al realizarse, se revela tan gris como el matrimonio del que huía. Emma descubre, una y otra vez, que el ideal soñado no existe en ninguna parte, y su desesperación —junto con las deudas que la arruinan— la empuja hacia un final terrible.
Lo revolucionario de Flaubert no fue solo la historia, sino cómo la contó. Cuando la novela apareció, en 1857, fue llevada a juicio por «ultraje a la moral pública»: se escandalizaba de que retratara el adulterio sin condenarlo explícitamente. Porque Flaubert no juzga a Emma desde un púlpito: la mira con una mezcla única de ironía fría y compasión, mostrándonos por dentro sus ilusiones y sus miserias, sin sermones. «Madame Bovary soy yo», dijo célebremente el autor, reconociéndose en esa sed de absoluto que a todos, de un modo u otro, nos habita.
Y luego está el estilo. Flaubert perseguía «la palabra justa», y trabajaba sus frases durante días hasta lograr una prosa de una precisión y una belleza sin precedentes. Cada detalle —un paisaje, un objeto, un gesto— está cargado de sentido. Con él, la novela dejó de ser mero entretenimiento para convertirse en un arte consciente de sí mismo, y por eso se le considera el padre de la novela moderna, el maestro del que aprenderían todos los que vinieron después.
Leer Madame Bovary es asomarse a un espejo incómodo. En la insatisfacción de Emma, en su hambre de una vida más grande, en su incapacidad de contentarse con lo que tiene, reconocemos algo profundamente humano y actual. Por eso, más de siglo y medio después, esta historia de una mujer de provincias que soñó demasiado sigue conmoviéndonos como el primer día.