Introducción
Basta una profecía y un deseo secreto para que empiece la caída. Un general victorioso vuelve de la guerra cubierto de gloria, y en un páramo brumoso tres brujas le anuncian que un día ceñirá la corona. Podría olvidarlo, esperar, dejar que el destino obrara solo. Pero en su interior algo ya se ha encendido, y a su lado hay una mujer dispuesta a soplar esa brasa hasta convertirla en incendio. Así arranca Macbeth, la más veloz y sombría de las grandes tragedias de Shakespeare.
Escrita hacia 1606, la obra cuenta la historia de un hombre que lo tiene todo —valor, honores, la confianza de su rey— y lo arriesga todo por lo único que le falta: el poder absoluto. Empujado por su propia ambición y por Lady Macbeth, que lo acusa de cobarde y le presta la resolución que a él le tiembla, Macbeth asesina al rey Duncan mientras duerme bajo su techo, como huésped, y se hace con el trono. Pero el crimen no es una puerta que se cierra, sino una que se abre a un pasillo interminable: para conservar lo robado, tendrá que seguir matando, y cada nuevo asesinato lo hunde más en el miedo, la sospecha y la soledad.
Lo asombroso de Macbeth es que Shakespeare no nos muestra a un monstruo, sino a un hombre —lúcido, sensible, casi poético— que sabe perfectamente lo que hace y lo hace igual. Antes de matar, ve flotar en el aire un puñal imaginario; después, oye una voz que grita que ha «asesinado al sueño» y que ya nunca podrá descansar. La culpa no lo abandona ni un instante: siente que ni todo el océano bastaría para limpiar la sangre de sus manos. Y su esposa, la mujer de hierro del principio, acaba caminando dormida por el castillo, frotándose unas manos que ninguna agua deja limpias.
Porque este es, en el fondo, un drama sobre la conciencia. Shakespeare disecciona con una precisión escalofriante el mecanismo por el que la ambición corrompe, el crimen se multiplica y el criminal se devora a sí mismo. El poder que Macbeth alcanza no le da alegría ni reposo, solo un vacío cada vez mayor, hasta llegar a esa amarga conclusión final sobre una vida que ya no significa nada.
Breve, tensa como una cuerda a punto de romperse y cargada de imágenes inolvidables —las brujas, el bosque que avanza, las manos ensangrentadas—, Macbeth se lee o se ve casi sin respirar. Cuatro siglos después, sigue siendo el espejo más certero de una verdad incómoda: que a veces el peor enemigo no está fuera, sino en lo que somos capaces de desear.