Introducción
¿Cómo se para una guerra que los hombres se empeñan en no terminar? A esa pregunta, Aristófanes respondió hace veinticuatro siglos con una de las ideas más audaces y divertidas de la historia del teatro: que la paren las mujeres, y que lo hagan con el arma más inesperada. Así nace Lisístrata, la comedia más célebre de la Antigüedad y una de las más gamberras, valientes y sorprendentemente modernas que se hayan escrito.
Grecia lleva años desangrándose en la guerra del Peloponeso, y a las mujeres —que ponen los muertos pero no deciden nada— se les ha acabado la paciencia. Entonces, una ateniense de nombre revelador, Lisístrata («la que disuelve los ejércitos»), convoca en secreto a las mujeres de todas las ciudades enfrentadas y les propone un plan escandaloso: una huelga de sexo. Ninguna se acostará con su marido ni con su amante hasta que los hombres, desesperados, se sienten a negociar la paz. Y, para rematar, las mujeres toman por asalto la Acrópolis, donde se guarda el dinero público, cortando de golpe la financiación de la guerra.
Lo que sigue es una comedia trepidante y desvergonzada, llena de dobles sentidos, situaciones absurdas y una energía cómica que no ha envejecido. Los hombres, sexualmente frustrados y sin acceso al tesoro, van cayendo uno tras otro; los intentos por doblegar a las mujeres fracasan; y la resistencia femenina, disciplinada y solidaria pese a las tentaciones, acaba imponiéndose. Bajo la carcajada, sin embargo, late un mensaje serio: la guerra es una insensatez que arruina a todos, y a veces hace falta que quienes han sido apartados del poder tomen la iniciativa para devolver el sentido común.
Y ahí está lo más asombroso de la obra: su retrato de las mujeres. Aristófanes las muestra organizándose, argumentando, tomando decisiones políticas, reivindicando que ellas gestionan la casa —y podrían gestionar el Estado— mejor que los hombres que lo han llevado a la ruina. «Según nuestras lanas gobernaríais todo, si tuvierais una pizca de sentido común», le espeta Lisístrata a un funcionario, comparando la política con el arte de desenredar y tejer la lana. Que un autor del siglo V a. C. pusiera semejantes palabras en boca de mujeres resulta, aún hoy, fascinante, y ha convertido la obra en un clásico recurrente del pensamiento feminista.
Representada sin cesar y adaptada como bandera pacifista en cada conflicto —de la guerra de Vietnam a las de hoy—, Lisístrata demuestra que la comedia puede ser tan subversiva como la más grave de las tragedias. Se ríe de todo —de los hombres, de la guerra, de sí misma— para decir, con una sonrisa pícara, algo que seguimos necesitando oír: que la paz y el sentido común valen más que cualquier orgullo, y que nadie debería quedar fuera de las decisiones que a todos nos afectan.