Introducción
Casi todas las historias de guerra las cuentan los vencedores, y hablan de gloria, de valor, de conquista. Las troyanas hace lo contrario: se sitúa entre los escombros de la ciudad derrotada y le da la voz a quienes nunca la tienen —las mujeres, los ancianos, los niños—, a las víctimas que quedan cuando los héroes ya han recogido su botín. Por eso, veinticuatro siglos después, sigue siendo uno de los gritos contra la guerra más desgarradores que ha producido la humanidad.
La acción transcurre en una sola jornada, la mañana siguiente a la caída de Troya. La ciudad humea todavía; los hombres han muerto; y a las puertas del campamento griego, un grupo de mujeres troyanas aguarda a ser repartido como esclavas entre los vencedores. En el centro está Hécuba, que fue reina de Troya y ahora yace en el suelo, despojada de todo. A su alrededor, sus hijas y nueras: Casandra, la profetisa condenada a que nadie crea sus visiones; Andrómaca, la viuda de Héctor, que abraza a su hijo pequeño; y, aparte, Helena, la mujer por la que —dicen— empezó la guerra.
Eurípides no construye una trama de acción, sino una lenta acumulación de dolor. Cada escena trae una nueva pérdida, un nuevo destino cruel, hasta llegar al episodio más insoportable: los jefes griegos, temiendo que el hijo de Héctor crezca para vengar a su pueblo, deciden arrojar al niño Astianacte desde lo alto de las murallas. En esa muerte de un bebé inocente, la obra concentra toda su denuncia: así es la guerra de verdad, no la de los cantos heroicos, sino la que aplasta a los que no han hecho nada.
Y sin embargo, en medio del horror, estas mujeres conservan una dignidad que sobrecoge. Hécuba, que lo ha perdido absolutamente todo, encuentra fuerzas para consolar a las demás y para reflexionar con una lucidez estremecedora sobre la vida y la muerte: «no es lo mismo vivir que morir —le dice a Andrómaca—; la muerte es la nada, y a la vida le queda la esperanza». Frente a la brutalidad, la palabra; frente al despojo, la memoria; frente a la aniquilación, esa terca esperanza que se aferra a seguir.
No es casual el momento en que Eurípides escribió esta obra: poco antes, Atenas —su propia ciudad— había arrasado la pequeña isla de Melos, matando a los hombres y esclavizando a las mujeres y los niños. Las troyanas es, en buena medida, un espejo incómodo que el poeta puso ante los ojos de sus conciudadanos: mirad lo que hacéis, mirad a quién destruís. Su advertencia —que quien hoy asola ciudades será mañana la víctima— resuena con una vigencia dolorosa en cada guerra que la humanidad sigue librando. Pocas obras nos obligan con tanta fuerza a mirar el rostro real de la violencia.