Introducción
Hay libros que son mundos, y las Metamorfosis de Ovidio son uno de ellos. En sus quince libros cabe casi toda la mitología griega y romana: más de doscientas historias de dioses y mortales, héroes y ninfas, monstruos y enamorados, enhebradas con tal arte que el poema fluye como un solo río que nace en el caos primordial y desemboca en la Roma del poeta. Es, probablemente, la más entretenida y deslumbrante de las grandes obras de la Antigüedad: un festín de relatos que dos mil años después sigue nutriendo nuestra imaginación.
El hilo que lo cose todo es la transformación. En el mundo de Ovidio nada permanece: los cuerpos mudan de forma sin descanso. Una muchacha perseguida por un dios se convierte en árbol; un joven enamorado de su reflejo, en flor; una tejedora soberbia, en araña; un rey codicioso ve cómo cuanto toca —incluida su comida y su hija— se vuelve oro. Cada mito culmina en un cambio de forma, y ese cambio es a la vez castigo, salvación, huida o memoria: la manera que tiene el universo de no dejar que nada, ni siquiera el dolor, se pierda del todo.
Por estas páginas desfilan algunas de las historias más famosas jamás contadas, las que han dado forma a nuestra cultura sin que muchas veces sepamos de dónde vienen. Aquí están Dafne y Apolo, Narciso y Eco, Píramo y Tisbe —los amantes que inspiraron a Shakespeare su Romeo y Julieta—, Perseo y Medusa, el vuelo y la caída de Ícaro, el rapto de Europa, Orfeo bajando al infierno a buscar a Eurídice, Pigmalión enamorándose de su estatua. Ovidio las cuenta con una mezcla inimitable de emoción, ironía, sensualidad y ternura, deteniéndose siempre en el instante mágico y terrible en que un ser humano deja de serlo.
Pero bajo la aparente ligereza late una idea profunda, que el poeta pone en boca del filósofo Pitágoras en el último libro: en el universo todo fluye, nada se crea ni se destruye, todo se transforma sin cesar. Los cuerpos, las almas, las edades del mundo, los imperios: todo está en perpetuo cambio. Frente a ese fluir imparable, y frente al «tiempo, devorador de las cosas», solo hay una forma de permanencia: la belleza fijada en el arte. No es casual que Ovidio cierre su obra proclamando, con orgullo, que su poema le hará vivir para siempre.
Escritas en el cambio de era, cuando Roma vivía su edad dorada, las Metamorfosis se convirtieron de inmediato en un clásico y no han dejado de serlo. Fueron el gran manual de mitología de la Edad Media y el Renacimiento, la cantera de la que sacaron sus temas la pintura, la escultura, la ópera y la poesía de todos los siglos. Leerlas hoy es asomarse a la fuente misma del imaginario occidental, y descubrir que aquellas viejas fábulas de cuerpos que cambian siguen hablándonos de lo único que de verdad no cambia: nuestro asombro ante un mundo en perpetua transformación.