Introducción
Roberto Arlt escribía como quien no tiene nada que perder. Periodista, inventor frustrado, hijo de inmigrantes en una Buenos Aires que olía a electricidad y a pobreza, Arlt convirtió su rabia y su asombro en una prosa que todavía quema. Y entre todas sus obsesiones —la traición, el dinero, la humillación, la máquina— hubo una que lo persiguió con particular tenacidad: la ciudad secreta. No la Buenos Aires de los tranvías y los cafés, sino la que latía debajo, poblada de videntes, teósofos, astrólogos, charlatanes iluminados y buscadores desesperados de algo que la modernidad se había olvidado de darles.
De esa ciudad escribió este libro. Y la primera sorpresa es que Arlt no se ríe. O no solo se ríe. Hay en estas páginas una ironía filosa, sí, pero también una curiosidad genuina, casi infantil, que lo lleva a cruzar umbrales que otros periodistas de su época ni siquiera habrían considerado dignos de atención. Arlt entra. Pregunta. Observa. Y lo que encuentra no es el fraude fácil que esperaríamos denunciar, sino algo más perturbador: gente real, con hambres reales, buscando respuestas en lugares que la ciencia oficial había declarado inexistentes.
Estamos en los años veinte y treinta del siglo pasado. Buenos Aires crece a una velocidad que marea. Los conventillos se llenan de idiomas que nadie entiende del todo, las fábricas prometen un futuro que tarda en llegar, y en ese vacío florecen las logias, los círculos espiritistas, los maestros de sabiduría antigua que cobran por la verdad en cuotas. Arlt los frecuenta todos. No como infiltrado ni como fiscal, sino con esa mezcla característica suya de escepticismo y fascinación que hace de él un testigo imposible de clasificar.
Lo que distingue a este Arlt del que escribió Los siete locos o El juguete rabioso es precisamente la forma: la crónica, el reportaje, el texto breve que debe atrapar en pocas líneas un ambiente, un personaje, una contradicción. Y sin embargo la voz es inconfundiblemente la misma. Esa sintaxis nerviosa, esas digresiones que parecen accidentales y resultan ser el meollo, esa capacidad para hacer que lo grotesco roce lo trágico sin que ninguno de los dos pierda su fuerza.
Leer estas páginas es también leer una arqueología sentimental de la ciudad. Muchos de los rituales, las creencias y los personajes que Arlt describe han mutado de forma pero no han desaparecido. El consultorio del astrólogo ha emigrado a internet; el círculo espiritista se reúne ahora bajo otros nombres. La necesidad que los alimenta —esa sed de sentido que ningún progreso ha logrado saciar del todo— sigue siendo la misma. Por eso este libro, escrito hace casi un siglo, se lee con la extraña sensación de estar mirando algo contemporáneo a través de un espejo ligeramente distorsionado.
Hay además un placer puramente literario en seguir a Arlt por estos territorios. Su prosa tiene la energía de alguien que escribe contra el tiempo y contra la indiferencia, que sabe que el lector puede abandonarlo en cualquier momento y por eso no se permite ni una línea muerta. Cada crónica arranca con un gancho, construye su pequeño mundo y lo cierra con un giro que deja pensando. Es periodismo, sí, pero del tipo que sobrevive a la fecha de publicación.
Pocas obras dicen tanto sobre lo que una ciudad desea en secreto. Abra este libro y déjese llevar por las calles que Arlt conocía de memoria: las que no aparecen en los mapas.