Introducción
Imagina al hombre que escribió el manual más frío del poder —El Príncipe— sentándose a hacer reír a Florencia. Eso es La Mandrágora: Maquiavelo cambia el consejo al gobernante por una comedia de alcoba, pero la mirada es exactamente la misma. Donde el tratado pregunta cómo se conquista un Estado, la comedia pregunta cómo se conquista una cama; y la respuesta, inquietantemente, se parece.
El joven Callimaco vuelve a Florencia enloquecido por una mujer a la que ni siquiera conoce: la bellísima y honestísima Lucrecia, casada con micer Nicias, un doctor tan rico como necio que solo desea una cosa que el dinero no le da: un hijo. Entre los dos deseos —el del amante y el del marido— se cuela Ligurio, un parásito ingenioso que urde el engaño perfecto: una poción de mandrágora que garantiza la preñez… pero que mata al primer hombre que yazca con la mujer después. La solución, claro, es meter en su cama a un desconocido que absorba el «veneno». Y ese desconocido será el propio Callimaco.
Lo genial no es la trama —vieja como el teatro— sino quién la mueve y cómo. Cada personaje cree usar a los demás y todos acaban sirviendo al mismo fin. El marido entrega a su mujer creyendo protegerla; la madre la empuja por amor; y el confesor, fray Timoteo, bendice el adulterio a cambio de unas monedas, con un razonamiento tan pulido que da escalofríos: si el resultado es bueno, ¿qué importa el medio?
Ahí está Maquiavelo entero. La Mandrágora es El Príncipe disfrazado de carcajada: una demostración de que el ingenio (la virtù) doblega a la fortuna, de que la virtud aparente es una máscara, y de que el mundo lo gobiernan quienes entienden el deseo ajeno. Se ríe uno mucho —es una comedia de verdad, ágil y procaz— pero se sale con una incomodidad que no se va: hemos aplaudido a los tramposos.
Escrita hacia 1518 por un hombre apartado del poder, esta obrita breve se convirtió en la mejor comedia del Renacimiento italiano. Léela como lo que es: la sonrisa afilada del pensador político más lúcido y más temido de su siglo.