Introducción
Hay libros que nacen de un sueño, otros de una obsesión, y unos pocos —los más extraños y los más queridos— nacen de una sola línea que aparece en la mente sin avisar y sin explicación. Lewis Carroll caminaba por una colina en el verano de 1874 cuando le llegó, de la nada, esta frase: «For the Snark was a Boojum, you see». No sabía qué era un Snark. No sabía qué era un Boojum. Pero supo, con esa certeza irracional que solo conocen los poetas, que aquellas palabras eran el final de algo que todavía no había escrito. Lo demás vino después, hacia atrás, como quien construye un edificio empezando por el tejado.
El resultado fue este poema en ocho cantos —Carroll los llamó «agonías»— que narra la expedición de una tripulación inverosímil en busca de una criatura llamada Snark. El capitán es un Bellman cuyo único mapa es una hoja en blanco. La tripulación está formada por personajes cuyos nombres empiezan todos por «B»: un Barrister, un Banker, un Baker que ha olvidado su propio nombre. Nadie sabe exactamente qué aspecto tiene el Snark, ni si es peligroso, ni si existe. Y sin embargo, navegan.
Llamarlo «poema sin sentido» sería cómodo pero injusto. Carroll era matemático, lógico, ordenador de paradojas; sabía perfectamente lo que hacía cuando construía un absurdo. Cada disparate en La caza del snark tiene una arquitectura interna tan sólida como la de un teorema: las rimas encajan, la métrica no falla, la lógica del mundo inventado se sostiene con una coherencia implacable. Lo que se rompe no es la forma, sino el suelo bajo los pies del lector. Y eso es mucho más inquietante.
Porque hay algo en este poema que va más allá del juego. Generaciones de lectores han sentido, al terminarlo, una especie de vértigo que no sabían nombrar. Los surrealistas lo veneraron. Los filósofos del lenguaje lo citaron. Los psicoanalistas lo interpretaron. Cada época ha encontrado en él su propio abismo: la búsqueda de lo que no puede definirse, el miedo a alcanzar lo que se desea, la fragilidad de los mapas con que navegamos la vida.
Carroll tenía cuarenta y dos años cuando lo publicó, en 1876, y nunca explicó del todo qué quiso decir. En una carta escribió que el poema significaba lo que el lector quisiera que significase. Es una respuesta que parece una broma y que, pensándola bien, es la más honesta que podía dar.
Lo que sí sabemos es que el Baker, ese personaje que olvida su nombre y sus pertenencias y viaja hacia algo que no comprende, tiene una forma de moverse por el mundo que resulta extrañamente familiar. Todos hemos sido, alguna vez, ese Baker: embarcados en una búsqueda cuyo objeto no sabemos definir, armados con entusiasmo y sin brújula.
Leer La caza del snark en voz alta es una experiencia distinta a leerlo en silencio. Las palabras inventadas suenan como si siempre hubieran existido. El ritmo arrastra. Hay momentos de una comicidad perfecta y momentos en que la risa se congela a mitad de camino, sin saber muy bien por qué.
Este es un libro breve que deja una sombra larga. Ábralo sin buscarle sentido y encontrará más del que esperaba.