Introducción
Hay calles que guardan memoria. No en el sentido sentimental de las postales ni en el de los historiadores que miden fachadas y anotan fechas, sino de una manera más oscura y más física: como si los adoquines hubieran absorbido algo de cada pisada, de cada conversación susurrada bajo los aleros, de cada generación que vivió y murió entre las mismas paredes de madera y piedra. Howard Phillips Lovecraft lo sabía. Lo sabía porque caminaba de noche por Providence cuando el resto dormía, y porque miraba las casas coloniales de Nueva Inglaterra con una mezcla de amor y de espanto que muy pocos escritores han sabido sostener a la vez.
La calle es uno de sus relatos menos celebrados y, precisamente por eso, uno de los más reveladores. Mientras el mundo entero conoce a Cthulhu y a los Mitos, este texto breve y extraño permanece en los márgenes, casi como un secreto que Lovecraft se guardó para sí. Y sin embargo, quien lo lee descubre algo que los grandes relatos cósmicos no siempre muestran con tanta desnudez: la voz directa del autor, sin monstruos tentaculares que la tamicen, enfrentándose al tiempo y al cambio con una intensidad que resulta, a la vez, fascinante e inquietante.
El relato nació hacia 1919, en un momento en que Lovecraft observaba cómo las ciudades norteamericanas se transformaban a una velocidad que le producía algo cercano al vértigo. Las viejas calles anglosajonas de su imaginario —tranquilas, orgánicas, crecidas durante siglos como árboles— cedían ante oleadas de novedad y de rostros desconocidos. De esa tensión, de ese miedo muy concreto y muy humano al mundo que se deshace, surge este texto.
Lo que hace singular a La calle dentro de la obra lovecraftiana es su estructura: no es exactamente un cuento de terror, ni una fábula, ni una elegía, aunque tiene algo de los tres. Está escrito con una cadencia casi bíblica, solemne y procesional, que avanza por el tiempo como quien recorre una avenida larga hacia un destino que ya intuye pero que no puede evitar. Esa prosa —densa, casi hipnótica— es la que convierte un argumento aparentemente sencillo en algo que se queda pegado a la memoria.
Leer a Lovecraft exige siempre una cierta negociación con sus contradicciones. Era un hombre de miedos enormes y de afectos genuinos, un escritor que construyó universos de grandeza inhumana desde una habitación pequeña, y que amaba con ferocidad casi dolorosa lo que sentía que se perdía. La calle es quizás el lugar donde esa contradicción se muestra más sin adornos, donde el escritor y el hombre se superponen con menos distancia que en ningún otro texto suyo.
No hace falta haber leído nada de Lovecraft para entrar aquí. Tampoco hace falta compartir sus miedos ni su visión del mundo —de hecho, es más interesante no compartirlos del todo— para sentir la extraña belleza de lo que construye: una calle que respira, que recuerda, que juzga. Una calle que, en el fondo, es una pregunta sobre qué permanece cuando todo cambia y si acaso esa permanencia es siempre una bendición.
Pocas páginas bastarán. Y cuando terminen, es probable que la próxima vez que camines por una calle vieja, con casas de fachadas gastadas y ventanas que parecen mirarte, sientas por un instante que algo debajo de los adoquines lleva más tiempo despierto que tú.