Introducción
Llueve sin parar sobre una villa a orillas del lago de Ginebra. Es el verano de 1816, el «año sin verano» que una erupción volcánica al otro lado del mundo ha teñido de frío y de tinieblas, y un grupo de jóvenes encerrados por el mal tiempo se reta a escribir cada uno una historia de fantasmas. Entre ellos hay una muchacha de dieciocho años, Mary Shelley, a quien durante días no se le ocurre nada. Hasta que una noche, entre duermevela y conversación sobre el galvanismo y los límites de la vida, ve con los ojos de la mente a un hombre pálido arrodillado junto a la cosa que ha fabricado. De esa visión nació esta novela, y con ella, buena parte de la imaginación moderna.
Conviene empezar deshaciendo un malentendido: Frankenstein no es el monstruo, sino su creador. Víctor Frankenstein es un estudiante brillante y soberbio, embriagado por la idea de vencer a la muerte, que reúne despojos y, una noche, logra lo imposible: dar vida a un ser nuevo. Pero en el instante mismo del triunfo lo asalta el espanto. Mira su obra, la encuentra horrenda y huye. Ese abandono —no la creación en sí— es el pecado original del que se desprende toda la tragedia.
Porque la criatura no viene al mundo malvada. Viene, como todos, desnuda de saber y ávida de afecto. Sola, rechazada a golpes y a gritos por cuantos la ven, se esconde y observa; aprende a hablar y a leer espiando a una familia campesina; descubre la ternura, la injusticia y, al fin, el rencor. Es una de las voces más conmovedoras de la literatura: la de quien pide amor y solo recibe horror, y acaba devolviéndole al mundo el desprecio que el mundo le enseñó.
De ahí que el libro se lea, dos siglos después, como una pregunta que no envejece. Habla de la ambición del conocimiento sin conciencia —el sueño de crear vida que hoy resuena en cada debate sobre la ciencia y sus fronteras—, pero sobre todo habla de responsabilidad: de lo que le debemos a aquello que traemos al mundo. ¿Es monstruo quien tiene un rostro terrible, o quien abandona a su hijo a la intemperie? La novela no responde con comodidad; deja que el lector cargue con la duda.
Mary Shelley escribía desde una vida ya marcada por la pérdida —hija de una madre feminista que murió al darla a luz, madre ella misma de criaturas que no sobrevivieron—, y esa experiencia del duelo late bajo la trama como una corriente honda. No es casual que el corazón del relato sea la soledad: la del creador que huye de sí mismo y la del ser que nadie quiso.
Bajo su fama de historia de terror, lo que espera al lector es algo más inquietante y más hermoso: una tragedia de ideas, contada con el pulso del romanticismo, entre glaciares alpinos y hielos árticos, en la que perseguidor y perseguido se van pareciendo hasta confundirse. Se puede leer como aventura, como reflexión filosófica o como uno de los grandes relatos sobre lo que significa ser padre, ser distinto y ser humano.
Abra el libro, entonces, y acérquese a la lumbre mientras afuera arrecia la tormenta. Le espera una criatura que aprende a hablar para pedir cuentas, y un creador que descubrirá, demasiado tarde, que dar vida obliga para siempre.