Introducción
¿Qué estaríamos dispuestos a entregar a cambio de saberlo todo, de vivirlo todo, de exprimir la existencia hasta la última gota? Esa es la pregunta que late en el corazón de Fausto, la obra a la que Goethe dedicó casi sesenta años de su vida y que se cuenta entre las mayores creaciones del espíritu humano. En ella, un viejo sabio hace un pacto con el diablo, y de ese pacto nace uno de los grandes mitos de la cultura moderna.
Cuando conocemos a Fausto, es un hombre desesperado. Ha consagrado su vida al estudio: domina la filosofía, el derecho, la medicina y la teología, y sin embargo se siente más ignorante y más vacío que nunca. El conocimiento no le ha dado la verdad, ni la razón le ha dado la felicidad; solo le ha dejado la certeza amarga de lo poco que se puede saber. Al borde del suicidio, tentado por toda clase de magias, se le aparece Mefistófeles: el espíritu que niega, el diablo irónico y seductor que le ofrece una salida.
El trato es escalofriante. Mefistófeles se pondrá a su servicio en este mundo, le dará todo lo que la vida puede ofrecer —juventud, placer, saber, experiencia, poder—; a cambio, si algún día Fausto, plenamente satisfecho, le pide a un instante que se detenga porque es demasiado bello, entonces habrá perdido la apuesta y su alma pertenecerá para siempre al infierno. Fausto acepta, convencido de que su sed nunca se saciará, de que jamás dejará de anhelar y de buscar.
Lo que sigue es un viaje prodigioso. Rejuvenecido por la magia, Fausto se lanza a vivir, y en la primera parte de la obra vive sobre todo el amor: se enamora de Margarita (Gretchen), una muchacha sencilla, pura y confiada. Ese amor, hermoso al principio, se convierte en tragedia: la seducción arrastra a Margarita a la deshonra, la locura y la muerte, en uno de los episodios más conmovedores de toda la literatura. En la segunda parte, mucho más vasta y simbólica, Fausto atraviesa la historia, el mito y la política, hasta un desenlace en el que se juega su salvación.
Pero Fausto es mucho más que la historia de un pacto. Es una meditación grandiosa sobre la condición humana: sobre nuestra sed insaciable de conocer y de experimentar, sobre el precio de esa ambición, sobre el bien y el mal —encarnados en un diablo que, paradójicamente, acaba sirviendo a un plan más alto—, sobre la culpa, el amor y la posibilidad de redención. Fausto somos, en el fondo, todos los que no nos contentamos nunca, los que siempre queremos ir más allá.
Escrita en un verso de inagotable riqueza, que va de lo más popular a lo más sublime, la obra desborda los límites del teatro: es un poema dramático para ser leído, soñado y meditado. Goethe volcó en ella toda su sabiduría y toda su vida, y el resultado es una de esas obras totales que cada época y cada lector interpretan de nuevo. Acercarse a Fausto es asomarse a las preguntas más hondas del ser humano de la mano de uno de los mayores genios que ha dado la literatura.