Introducción
Toda gran civilización necesita un relato de sus orígenes, un mito que le diga de dónde viene y por qué está destinada a la grandeza. Roma tuvo el suyo, y fue una obra maestra: la Eneida de Virgilio, la epopeya que dio a los romanos un pasado heroico a la altura de su imperio y a la literatura universal uno de sus poemas más perfectos.
Su héroe es Eneas, un príncipe troyano. Cuando Troya cae y arde, saqueada por los griegos tras diez años de asedio, Eneas huye entre las llamas cargando sobre sus hombros a su anciano padre y llevando de la mano a su hijo pequeño: una imagen que resume toda la obra, la del hombre que carga con el pasado y el futuro de su pueblo. No huye por cobardía, sino porque los dioses le han revelado que le aguarda una misión: conducir a los troyanos supervivientes a través del Mediterráneo hasta las costas de Italia, donde deberá fundar el linaje del que, siglos después, surgirá Roma.
El viaje es largo y doloroso. Perseguido por el odio de la diosa Juno, Eneas sufre tormentas, naufragios y pérdidas. En Cartago se enamora de su reina, Dido, en uno de los episodios amorosos más célebres y trágicos de toda la literatura; pero el deber lo llama, y cuando Eneas parte para seguir su destino, Dido, desesperada, se quita la vida. Más adelante, el héroe desciende al reino de los muertos, donde su padre le muestra en una visión la futura gloria de Roma. Y en la segunda mitad del poema, ya en Italia, deberá librar una guerra sangrienta para conquistar la tierra prometida.
Lo que hace grande a la Eneida no es solo su aventura, sino la figura moral de su protagonista. Eneas encarna la pietas —la palabra latina para el sentido del deber hacia los dioses, la patria y la familia—, y su grandeza consiste, precisamente, en anteponer esa misión a su propia felicidad. Renuncia al amor de Dido, a la tranquilidad, al descanso, porque carga con algo más grande que él mismo. Es el héroe del deber, no del capricho, y en esa renuncia hay una melancolía que recorre todo el poema.
Porque Virgilio, a diferencia de una simple propaganda imperial, no oculta el precio de esa gloria. Su poema está atravesado por una tristeza honda —esas «lágrimas de las cosas» que se han hecho proverbiales—, por la conciencia de todo lo que se sacrifica para que algo grande nazca: los muertos, los vencidos, los amores rotos. Escrita bajo el emperador Augusto para celebrar a Roma, la Eneida es a la vez su himno y su elegía.
Modelo de la epopeya para toda la posteridad —inspiró a Dante, que hizo de Virgilio su guía por el infierno, y a incontables poetas—, la Eneida sigue leyéndose veinte siglos después como lo que es: una aventura inolvidable, un tratado sobre el deber y el destino, y una de las meditaciones más bellas jamás escritas sobre lo que cuesta construir algo que perdure.