Introducción
Una de las sátiras más divertidas de Mark Twain, en la que un narrador es acorralado por un vendedor ambulante de aire lastimero que le cuenta su desdichada historia. Huérfano criado por su rico tío Ituriel, el joven tuvo la funesta ocurrencia de aficionar a su tío al coleccionismo. La pasión se volvió «furor»: el tío abandonó su próspero negocio de cerdos para consagrarse a coleccionar, con rabia delirante, primero cencerros, luego ladrillos, hachas de sílex, ballenas disecadas e inscripciones aztecas… Y cada vez, al aparecer una pieza «única» en manos ajenas, «colección incompleta es colección enteramente nula», y el tío lo vendía todo, arruinado y con el corazón roto.
Su última obsesión son los ecos. Twain despliega aquí una comicidad genial: el tío compra ecos por todo Estados Unidos, tasados como diamantes por sus «quilates» de repetición, hasta poseer el magnífico «Eco Pitt» de veintidós quilates. Pero al ir a comprar el rey de los ecos —una joya de sesenta y cinco quilates repartida entre dos colinas de dueños distintos—, un rival compra la otra colina y, por pura maldad de coleccionista, la demuele para destruir el eco compartido.
Sigue un pleito absurdo que llega hasta la Corte Suprema, la cual dictamina que un eco es «propiedad invisible»: el rival puede demoler su colina, y el eco soberano «dejó de resonar con su voz grandiosa». El tío muere arruinado; el sobrino hereda solo ecos hipotecados, y pierde por ello a su amada, cuyo padre lo rechaza. El relato remata con el propio narrador, harto de vendedores, acabando por comprarle al fin un par de ecos. «El vendedor de ecos» es una obra maestra del humor sobre la manía coleccionista y el arte de no poder decir no.