Introducción
Basta entrar en el bosque para que las reglas del mundo se suspendan. Eso es lo que ocurre en El sueño de una noche de verano: unos personajes salen de la ciudad, se adentran en la espesura una noche de junio y, al amparo de la oscuridad y de la magia, todo lo que parecía firme —el amor, la identidad, la razón misma— se vuelve líquido, cambiante, risueño. Shakespeare escribió aquí su comedia más ligera y encantada, y también una de las más sabias sobre eso tan serio que es enamorarse.
La obra teje con maestría tres hilos que acaban enredándose. Están los cuatro jóvenes atenienses —Hermia, Lisandro, Demetrio y Helena—, atrapados en un cuadrilátero amoroso en el que casi nadie quiere a quien debe. Está una cuadrilla de artesanos entrañables y patosos, encabezados por el tejedor Fondón, que ensayan en el bosque una tragedia ridícula para la boda del duque. Y está, sobre todo, el reino de las hadas, con el rey Oberón, la reina Titania y ese espíritu burlón e inolvidable que es Puck.
El motor de la comedia es una flor mágica cuyo jugo, vertido en los ojos de quien duerme, lo hace enamorarse perdidamente de lo primero que ve al despertar. Con ese sencillo hechizo, Shakespeare desata un carrusel de despropósitos: amantes que cambian de objeto en un instante, una reina de las hadas prendada de un hombre con cabeza de asno, y un Puck que enreda y desenreda los corazones como quien juega. La risa está garantizada, pero debajo late una idea aguda: ¿acaso el amor real no es también, muchas veces, un capricho ciego que no atiende a razones?
Porque bajo la fantasía hay una mirada lúcida y tierna sobre el deseo. «El amor no mira con los ojos, sino con la mente», dice Helena, «y por eso pintan ciego al alado Cupido». La obra sugiere, sin amargura, que enamorarse tiene mucho de encantamiento y de sueño, que elegimos a ciegas y que la frontera entre la pasión y el delirio es más fina de lo que nos gusta creer.
Y está el sueño mismo, que da título a todo. Al amanecer, los personajes despiertan sin saber muy bien qué vivieron de verdad y qué soñaron, y esa duda deliciosa se contagia al lector. En el epílogo, Puck nos invita con picardía a tomar la obra entera como un sueño: si algo nos ha ofendido, basta pensar que dormíamos. Pocas veces el teatro ha hablado con tanta gracia de su propia naturaleza mágica.
Es una pieza para disfrutar sin solemnidad, dejándose llevar por su música y su humor. Léala como se entra en un bosque en verano: sin prisa, dispuesto a perderse un poco. Al salir de sus páginas, con la sonrisa puesta, quizá le quede la sospecha encantadora de que también nosotros, cuando amamos, andamos hechizados por alguna flor secreta.