Introducción
Un anciano poderoso comete un error de vanidad, y ese error basta para desatar el fin del mundo —al menos de su mundo. Así empieza El rey Lear, y así de simple es la chispa de la que Shakespeare hace brotar una de las tragedias más devastadoras que se han escrito. Lear, viejo y cansado, quiere retirarse repartiendo su reino entre sus hijas; pero pide antes que le digan cuánto lo aman, y confunde para siempre las palabras hermosas con el amor verdadero.
Las dos hijas mayores, Goneril y Regan, le sirven la adulación que espera y se llevan la corona. La menor, Cordelia, se niega a mentir: dice que lo quiere «según su deber, ni más ni menos», y por esa honradez es desheredada y desterrada. En esa escena inicial —un padre que castiga la sinceridad y premia la lisonja— cabe ya toda la obra. Lo demás será ver cómo el error se cobra su precio, sin piedad.
Porque lo que sigue es una caída sin fondo. Despojado del poder, humillado por las hijas a las que se lo dio todo, Lear se lanza a la intemperie y a la locura. Hay una escena que resume el teatro entero: un rey enloquecido, gritando contra el viento en mitad de una tormenta, acompañado solo por su bufón y por un mendigo fingido. Es la imagen del ser humano reducido a lo esencial, «un pobre animal desnudo», cuando se le arranca todo lo que creía ser.
Junto a la historia de Lear discurre la de Gloucester y sus dos hijos, que repite el mismo drama en otro tono: la de un padre que también se deja engañar y que, cegado literalmente, aprende a «ver» solo cuando ha perdido los ojos. Ese juego de espejos —dos ancianos traicionados, dos hijos leales despreciados— multiplica la fuerza de la tragedia hasta volverla casi insoportable, y del todo inolvidable.
No busque aquí consuelos fáciles. El rey Lear es célebre por su final implacable, uno de los más sombríos del autor, que durante siglos incomodó tanto que llegó a reescribirse con un desenlace feliz. Shakespeare, sin embargo, se atreve a mirar el dolor de frente, y en ese coraje reside su grandeza: nadie ha hablado con más verdad de la vejez, del desamparo y de la ingratitud de los hijos.
Y sin embargo, de tanta oscuridad brota una extraña luz. En su locura, Lear se vuelve por fin humano: descubre la compasión, siente el frío de los que nada tienen, comprende demasiado tarde quién lo amaba de verdad. La obra sugiere, con una honestidad que hiela, que a veces solo el sufrimiento extremo nos enseña a ver.
Abra estas páginas dispuesto a que lo sacudan. Es teatro para leerse casi en voz alta, dejando que la tormenta ruja. Al terminar, Lear y su reino roto seguirán rondándole mucho tiempo, como una de esas verdades que uno preferiría no saber y que, una vez sabidas, ya no se olvidan.