Introducción
Una de las célebres «Leyendas de la Casa Provincial» de Nathaniel Hawthorne, un relato sobrenatural cargado de sentido histórico y moral. Un narrador curioso recoge, de labios de un viejo contertulio de la antigua mansión de los gobernadores de Boston, la leyenda de un cuadro misterioso: un retrato ennegrecido por los años, colgado en la sala del consejo, cuya imagen nadie puede ya distinguir bajo la nube impenetrable que lo cubre. La tradición dice que representa a Edward Randolph, el hombre que provocó la anulación de la antigua carta de las libertades de Massachusetts y sobre quien cayó la maldición del pueblo.
Corre el año de 1770. El teniente gobernador Thomas Hutchinson se dispone a firmar la orden que introducirá tropas británicas en Boston para sofocar el descontento popular. Su sobrina, la delicada Alice Vane, educada en Italia y hábil en la pintura, le suplica que no lo haga: le recuerda que quien atropella los derechos del pueblo hereda la maldición de Randolph. Y, mediante un secreto para restaurar los colores del lienzo, hace reaparecer por un instante el espantoso rostro del retrato, deformado por la tortura del alma y la ignominia.
El aviso es sobrecogedor: el consejero implora a Hutchinson que se detenga, «pues si algún mortal recibió jamás una advertencia de parte de un alma atormentada», es él. Pero el gobernador, desafiante, firma con mano desesperada su nombre… y se estremece «como si esta firma hubiera sido su condenación eterna». Años después, moribundo lejos, sobre el océano, se queja de que se ahoga «en la sangre de los asesinatos de Boston», con la misma mueca de Randolph en el rostro. «El retrato de Edward Randolph» es una parábola magistral sobre la tiranía, la advertencia desoída y el peso de la maldición de un pueblo.