Introducción
Uno de los mejores relatos de fantasmas de Charles Dickens, narrado con la sobriedad de un testimonio verídico. El narrador, un tranquilo y escéptico jefe de negociado de banca, lee en el periódico el descubrimiento de un asesinato y, de pronto, tiene una visión fugaz de la alcoba del crimen. Poco después, asomado a su ventana de Piccadilly, ve a dos hombres caminando uno tras otro: el primero, abatido, mira hacia atrás; el segundo, de rostro «del color de la cera sin refinar», lo persigue con la mano alzada. Y nadie más en la calle repara en ellos.
Esa misma noche, el segundo hombre —el de la cara cérea— se le aparece en su propia casa y le hace una señal. Al día siguiente, el narrador recibe, contra toda costumbre, una citación como jurado… precisamente para el proceso de aquel asesinato. Al comparecer el acusado, lo reconoce: es el primero de los dos hombres de Piccadilly. Y el acusado, al verlo, se agita y suplica en vano a su abogado que lo hagan sustituir del jurado.
Designado presidente del jurado, el narrador vive durante los diez días del proceso la presencia constante de la aparición: el hombre asesinado, que solo él ve, y que se agrega como un jurado de más, ronda las camas de sus compañeros, se planta ante los testigos falsos y ante el abogado defensor, y sin ser visto provoca en todos ellos súbitos estremecimientos. Solo al emitirse el veredicto de culpabilidad, el espectro se cubre con un velo gris y desaparece. Y el condenado confiesa entonces lo inconcebible: supo que estaba perdido en cuanto vio al presidente del jurado, «porque, antes de que me detuviesen, penetró una noche en mi habitación… y me pasó una cuerda alrededor del cuello». «El presidente del jurado» es una obra maestra del relato sobrenatural: la justicia que llega desde el más allá.