Introducción
Hay escritores que parecen haber vivido dos o tres vidas antes de sentarse a escribir la primera página. Jack London fue uno de ellos. Marinero, buscador de oro, vagabundo, periodista de guerra: cuando tomaba la pluma, no inventaba mundos, los recordaba. Y en ese recuerdo había siempre una figura que lo fascinó hasta el final de sus días: el hombre libre, el que vive fuera de los márgenes que la civilización traza con tanto cuidado y tanta hipocresía.
El pagano nació de ese amor obstinado. Es una historia breve, casi un destello, pero en ella late algo que las novelas largas a veces pierden por el camino: la intensidad de una sola idea llevada hasta sus últimas consecuencias. London conocía los mares del Pacífico Sur como pocos escritores de su época, y en esas aguas calientes y peligrosas encontró el escenario perfecto para preguntarse qué significa pertenecer, qué se gana y qué se destruye cuando un hombre decide no doblegarse ante ningún dios ni ante ninguna ley que no sea la suya propia.
El protagonista es de esa estirpe de personajes que incomodan porque no piden perdón. No es un héroe en el sentido convencional, ni tampoco un villano al que resulte fácil condenar. Es, simplemente, alguien que ha elegido. Y esa elección, tan sencilla de enunciar y tan difícil de sostener, es la que convierte el relato en algo más que una aventura de los mares del Sur.
London escribió esta pieza en un período en que su propia vida se debatía entre contradicciones parecidas: el éxito y la ruina, el socialismo y el individualismo feroz, la civilización que admiraba y la que despreciaba. Esa tensión no es un defecto de su pensamiento; es su motor. Y en El pagano esa tensión se vuelve carne, se vuelve personaje, se vuelve conflicto real entre dos formas de entender el mundo.
Lo que hace singular a este texto dentro de la obra de London es su economía. No hay paisajes interminables ni digresiones filosóficas. Hay una situación, hay un hombre, hay una decisión. El Pacífico aparece como fondo pero también como espejo: inmenso, indiferente, hermoso en su peligro. Leer estas páginas es sentir el salitre y entender, casi físicamente, por qué ciertos seres humanos solo se sienten vivos cuando el horizonte no tiene límites.
Para el lector de hoy, acostumbrado a mundos donde cada acto tiene consecuencias legales, sociales y digitales, la figura del pagano resulta a la vez anacrónica e inquietante. Anacrónica porque ese espacio de libertad absoluta ya casi no existe. Inquietante porque la pregunta que encarna sigue sin respuesta: ¿cuánto de lo que llamamos civilización es necesario, y cuánto es simplemente miedo disfrazado de orden?
London no responde. Esa es, precisamente, su grandeza. Plantea, muestra, deja al lector con la incomodidad productiva de quien ha visto algo verdadero y no sabe muy bien qué hacer con ello. Sus mejores textos cortos funcionan así: como una piedra lanzada al agua quieta. El impacto es breve; los círculos, no.
Este relato merece leerse despacio, aunque sea corto. Merece que el lector se deje llevar por su ritmo, que es el ritmo de las olas: aparentemente repetitivo, en realidad siempre distinto. Y merece, sobre todo, que al terminar la última línea uno se quede un momento en silencio, preguntándose en qué lado de la orilla está él mismo.