Introducción
Una libra de carne. Ese es el precio de un préstamo, y basta esa imagen brutal para que El mercader de Venecia se clave en la memoria de quien la lee. Shakespeare parte de un cuento casi de terror —un pagaré que se cobra en carne humana— y lo convierte en una de sus obras más ricas y perturbadoras: una comedia que hace reír y brillar el amor, pero por cuyos bordes se cuela una sombra que no termina de disiparse.
La trama se enreda con la elegancia habitual del autor. El bondadoso mercader Antonio, para ayudar a su amigo Bassanio a conquistar a la deslumbrante Portia, se endeuda con el prestamista Shylock. Como no tiene el dinero a mano —está invertido en barcos que surcan mares peligrosos—, firma sin pensarlo demasiado la condición macabra. Cuando la fortuna se vuelve contra él y los barcos se pierden, la broma sangrienta se convierte en una amenaza real, y todo desemboca en uno de los juicios más famosos de la literatura.
El corazón inquietante de la obra es Shylock. Shakespeare pudo haber pintado un simple villano judío para el gusto antisemita de su época, y en parte lo hace; pero entonces le regala un parlamento que lo cambia todo. «¿Es que un judío no tiene ojos? ¿No tiene manos, órganos, sentidos, afectos, pasiones? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no reímos? Si nos envenenáis, ¿no morimos?» En esas palabras, la víctima despreciada reclama su humanidad, y el público de cualquier siglo se ve obligado a mirarla de otra manera.
Por eso hoy la leemos a contrapelo de su tiempo. La ciudad cristiana que se ríe de Shylock lo ha escupido y humillado durante años, y su sed de venganza nace de una herida real. La obra plantea una pregunta incómoda que no pierde vigencia: ¿quién es más cruel, el que exige justicia sin piedad o la sociedad que primero fabrica el rencor y luego lo castiga?
Frente a la ley del contrato se alza la voz de Portia, disfrazada de joven abogado, en el célebre elogio de la clemencia: «La cualidad de la misericordia no se fuerza; cae como la lluvia suave del cielo.» En ese duelo entre la letra de la ley y la piedad se juega el sentido de toda la pieza, y Shakespeare, con astucia deslumbrante, deja que sea el propio filo de la justicia el que decida.
No todo es sombra: hay enigmas de cofres de oro y plomo, cartas, anillos, disfraces y enredos amorosos que hacen de la obra una comedia luminosa y llena de ingenio. Pero es su ambigüedad lo que la vuelve inagotable: se puede reír con ella y salir, a la vez, con una espina clavada.
Abra estas páginas sabiendo que no encontrará respuestas cómodas. Encontrará, en cambio, algo más valioso: una obra de hace cuatro siglos que sigue interrogándonos sobre el dinero, la ley, el odio y la compasión, y un personaje —Shylock— al que ya no se puede despedir con una risa fácil.