Introducción
Un juez se sienta a despachar un asunto peculiar: parejas que acuden ante él pidiendo, con toda urgencia, que las separe. Estamos en una España en la que el divorcio no existe, y sin embargo el desfile de matrimonios descontentos no se detiene. Así arranca El juez de los divorcios, uno de los entremeses más chispeantes de Cervantes.
Uno tras otro, los cónyuges exponen sus quejas: la mujer harta del viejo enfermo con quien la casaron, el marido cansado de la lengua afilada de su esposa, la pareja que ya no se soporta. Cada caso es un pequeño retrato de la convivencia y sus miserias, contado con una viveza y una gracia en el diálogo que son puro Cervantes.
Lo delicioso de la pieza es su honestidad sin amargura. Cervantes —que sabía por experiencia propia lo que era un matrimonio difícil— no idealiza la vida conyugal ni la condena: la observa con ironía, con ternura y con una carcajada de fondo. Bajo la comedia asoma una verdad muy humana sobre lo difícil que es vivir con otro, y lo difícil que es también vivir sin nadie.
El entremés se cierra, como mandaba el género, con música y baile, y con una conclusión tan cómica como sensata sobre el matrimonio y sus remedios. No hay grandes lecciones; hay ingenio, ritmo y un conocimiento profundo del corazón humano puesto al servicio de la risa.
Es una lectura brevísima y muy actual: cámbiense los trajes de la época y esas mismas quejas podrían oírse hoy. Una joya para descubrir al Cervantes cómico, tan grande en las distancias cortas como en el Quijote.
Asómate a la sala de este juez singular y escucha a los matrimonios defender su causa. Te reirás reconociendo, en cada uno, algo demasiado familiar.