Introducción
Uno de los relatos de los célebres «Cuentos del difunto Iván Petróvich Belkin» de Aleksandr Pushkin. Adrián Prójorov, un fabricante de ataúdes de carácter tan sombrío como su oficio, se muda con sus hijas a una casita en Moscú. Lejos de la imagen alegre y bromista que Shakespeare o Walter Scott dieron a sus sepultureros, Adrián es hosco y avaro: solo rompe su silencio para regañar a sus hijas o para cobrar de más a quienes tienen «la desgracia (o la suerte)» de necesitar sus servicios.
Su vecino, el jovial zapatero alemán Gotlib Schultz, lo invita a celebrar sus bodas de plata. En el banquete, entre brindis, un panadero burlón propone brindar «a la salud de aquellos para quienes trabajamos», y todos, riéndose, invitan a Adrián a brindar por sus muertos. Ofendido y borracho, el fabricante de ataúdes vuelve a casa jurando que, en lugar de a aquellos vecinos que se burlan de su oficio, invitará a su fiesta a los muertos para los que ha trabajado.
Y esa misma noche los muertos acuden: su casa se llena de cadáveres, esqueletos y difuntos que él enterró, encabezados por un sargento al que en su día vendió su primer ataúd —de pino en lugar de roble—. El horror crece hasta que Adrián, aterrado, empuja al esqueleto y se desmaya. Despierta al día siguiente para descubrir, con inmenso alivio, que todo fue un sueño de borrachera: no hubo entierro ni difuntos. «El fabricante de ataúdes» es un relato magistral de Pushkin, entre lo macabro y lo humorístico, sobre la culpa, el oficio y el vino.