Introducción
Hay algo perturbador en la última obra que lleva el nombre de Julio Verne. No la emoción del cohete que surca el espacio, ni la maravilla del submarino que se hunde en aguas desconocidas, ni la apuesta jovial de dar la vuelta al mundo en ochenta días. En El eterno Adán late otra cosa: una melancolía profunda, casi geológica, como si el escritor que durante décadas celebró el progreso humano hubiera decidido, al final de su vida, mirar ese progreso desde una distancia de milenios y preguntarse qué queda de todo ello.
La pregunta que mueve este relato no es «¿hasta dónde puede llegar el hombre?», sino algo más inquietante: «¿cuántas veces ha empezado ya?». Un erudito del futuro descifra un manuscrito antiquísimo y descubre en él el testimonio de una civilización anterior a la suya, tan avanzada como la nuestra, borrada por una catástrofe que la memoria colectiva no conservó ni como leyenda. El abismo que se abre bajo los pies del lector no es el abismo del océano ni el del espacio: es el abismo del tiempo, y en él flotan, diminutas, todas las certezas del progreso.
Publicada póstumamente en 1910, la obra llegó al mundo envuelta en una sombra de autoría que los estudiosos no han terminado de despejar del todo. El hijo de Verne, Michel, intervino en sus manuscritos finales con una mano que algunos consideran demasiado libre. Pero esa ambigüedad, lejos de restarle valor, añade una capa extraña al texto: es un libro sobre la fragilidad de los testimonios, escrito él mismo bajo la sombra de la intervención ajena. Pocas obras llevan su tema tan cosido a su propia historia.
Lo que hace singular a El eterno Adán dentro de la vastísima producción verniana es su tono de elegía. Verne construyó su fama sobre la fe en la ciencia y en el ingenio humano; aquí, sin renegar de esa fe, la somete a una prueba brutal. La civilización no es una línea ascendente: puede ser un círculo, o peor aún, una espiral que regresa siempre al mismo punto de partida, al mismo hombre desnudo frente al mundo, sin memoria de lo que sus antepasados supieron y olvidaron.
Hay en estas páginas un eco de las grandes preguntas que el siglo XIX legó al XX sin respuesta: ¿es el progreso irreversible o solo provisional? ¿Qué distingue a una civilización de sus ruinas? El relato las formula no con la frialdad del ensayo, sino con la tensión de una historia que tiene protagonistas, voces, miedo y asombro. Eso es lo que lo salva del pesimismo abstracto y lo convierte en literatura.
Leer este libro hoy, cuando el concepto mismo de continuidad civilizatoria se ha vuelto una pregunta abierta, produce una extrañeza que no produce ningún otro Verne. No porque sea el mejor —hay quien prefiere la aventura limpia de sus grandes novelas—, sino porque es el más incómodo, el que no consuela.
El eterno Adán no promete maravillas tecnológicas ni horizontes por conquistar. Promete algo más raro en la literatura de su tiempo: la honestidad de quien mira el futuro y ve, con ojos serenos y un poco tristes, que el futuro también envejece.