Introducción
Hay textos que Tolstói no escribió para que los leyéramos. Los escribió para exorcizarse. El diablo es uno de ellos: una novela corta que el autor ocultó entre sus papeles durante décadas, que su esposa encontró casi por accidente y que él mismo nunca se atrevió a publicar en vida. Ese origen clandestino no es un dato biográfico menor; es la primera clave para entender por qué esta obra arde de una manera que pocas páginas suyas igualan.
La historia arranca con una sencillez casi engañosa: un joven terrateniente, recién llegado a la hacienda familiar, cede a una tentación carnal con una campesina. Nada extraordinario para la época, nada que la sociedad rusa del siglo XIX considerara escandaloso en un hombre de su clase. Pero Tolstói no escribe sobre lo que la sociedad considera escandaloso; escribe sobre lo que devora por dentro. Y aquí empieza el verdadero relato: el del hombre que se casa, que construye una vida ordenada y respetable, y que descubre que el deseo no ha desaparecido sino que simplemente esperaba.
Lo que hace singular a este texto entre toda la obra del autor es su temperatura. Tolstói escribió novelas inmensas donde el alma humana se despliega en panoramas históricos y sociales; aquí, en cambio, concentra todo el fuego en un punto único, casi microscópico. No hay batallas ni salones petersburgueses ni debates filosóficos. Hay un hombre, una mujer y la mirada que los cruza cuando se encuentran por el camino. Esa economía narrativa convierte cada frase en ascua.
Pero sería un error leer El diablo como una simple historia de pasión. Tolstói era demasiado honesto —y demasiado implacable consigo mismo— para conformarse con eso. Lo que realmente le obsesionaba era la pregunta moral que late bajo la superficie: ¿hasta qué punto somos responsables de lo que sentimos? ¿Puede considerarse culpable quien lucha y pierde? ¿O la culpa está precisamente en haber cedido a la primera vez, cuando todavía era posible elegir? El protagonista se hace estas preguntas con una lucidez que lo tortura, y el lector se las hace con él.
Hay además algo perturbador en la estructura misma del relato: Tolstói escribió dos finales distintos y no eligió entre ellos. Los dejó los dos. Esa indecisión no es un defecto; es una confesión. El autor no sabía —o no quería saber— cómo debía terminar esta historia, porque en el fondo era la suya propia.
Leer a Tolstói siempre supone enfrentarse a alguien que escribe desde una exigencia ética radical, desde la convicción de que la literatura debe mirar sin apartar los ojos. En El diablo esa exigencia se vuelve casi insoportable porque no hay distancia épica que amortigüe el golpe: el narrador está pegado a la conciencia del protagonista, respirando con él, sudando con él, juzgándolo y compadeciéndolo al mismo tiempo.
Pocas obras de su extensión —apenas unas decenas de páginas— consiguen plantear con tanta intensidad la pregunta que más incomoda: la de si somos, en el fondo, dueños de nosotros mismos. Tolstói no responde. Pero la forma en que formula la pregunta cambia algo en quien la lee.
Este libro lleva esperándole entre sus papeles desde 1889. Ya es hora de abrirlo.