Introducción
Mientras la muerte lo devora todo, ¿qué mejor manera de afirmar la vida que contar historias? Sobre esa idea luminosa y desafiante construyó Giovanni Boccaccio uno de los libros más deliciosos, influyentes y llenos de vida de toda la literatura: El Decamerón, el gran monumento del cuento y el punto de partida de la prosa narrativa europea moderna.
El marco es tan sombrío como memorable. En 1348, la peste negra asola Florencia; Boccaccio describe con estremecedora precisión el horror de la epidemia, los muertos amontonados, el derrumbe de todo orden moral y social. En medio de esa catástrofe, siete jóvenes damas y tres caballeros, honestos y discretos, deciden escapar de la ciudad apestada y retirarse a una hermosa villa en el campo. Y allí, para no caer en la desesperación, inventan un juego civilizado y alegre: durante diez días, cada uno de ellos contará cada tarde una historia, casi siempre sobre un tema acordado. Diez narradores, diez jornadas, diez cuentos por día: cien novelas en total. De ahí el título, «los diez días».
Lo que sigue es un festín inagotable. Los cuentos del Decamerón abarcan toda la gama de la experiencia humana: hay historias de amor apasionado y de amor trágico, de ingenio y de astucia, de burlas y engaños, de aventuras y naufragios, de virtud y de vicio. Desfilan por ellos mercaderes y frailes, reyes y campesinos, esposas infieles y amantes audaces, pícaros geniales y santos improbables. Boccaccio se ríe sin piedad de la hipocresía de los clérigos, celebra la inteligencia que resuelve cualquier apuro y no tiene el menor reparo en tratar el deseo y el sexo con una franqueza y una sensualidad que aún hoy sorprenden por su libertad.
Porque esa es una de las grandes novedades del libro: su humanismo gozoso. Frente a la mentalidad medieval centrada en el más allá y el pecado, Boccaccio pone en el centro al ser humano de carne y hueso, con sus apetitos, su astucia, su vitalidad y su risa. La inteligencia práctica, el ingenio verbal, el amor y el placer son celebrados como fuerzas nobles de la vida. Y la Fortuna, caprichosa y todopoderosa, mueve los destinos de los personajes en un mundo que ya no se rige por la sola providencia, sino por el azar y por el talento de cada cual para aprovecharlo.
El arte narrativo de Boccaccio es extraordinario: la variedad de tonos, la agilidad de los diálogos, la maestría en el manejo del suspense y del golpe final hicieron de él el maestro del cuento para todos los que vinieron después. Sin El Decamerón no se entienden los Cuentos de Canterbury de Chaucer, ni las Novelas ejemplares de Cervantes, ni buena parte del teatro de Shakespeare, que tomó de aquí más de un argumento.
Leer el Decamerón es asomarse a un mundo rebosante de vida, reír con sus picardías, conmoverse con sus historias de amor y admirar la inteligencia de sus protagonistas. Es comprobar que, hace siete siglos, un escritor genial ya sabía que, contra la muerte y la desgracia, no hay mejor remedio que el placer de una buena historia bien contada.