Introducción
Roberto Arlt escribió siempre desde el filo. Sus personajes no habitan ciudades cómodas ni vidas resueltas: viven en ese espacio tenso donde el sueño y la desesperación se rozan, donde un hombre puede pasar en pocas horas de la grandeza imaginada al ridículo más brutal. Pero hay un libro suyo que suele sorprender incluso a quienes lo conocen bien, un libro que parece escrito por alguien que hubiera decidido, de pronto, soltar amarras y navegar hacia aguas completamente distintas. Ese libro es El criador de gorilas.
Publicado en 1941, casi al final de su vida, reúne cuentos ambientados en el mundo árabe, en bazares y desiertos, en ciudades antiguas que huelen a especias y a intriga. Arlt nunca pisó esos territorios: los construyó desde Buenos Aires, desde la imaginación febril de un hombre que leía todo lo que caía en sus manos y que tenía el don —o la manía— de convertir cualquier material en algo propio, inconfundiblemente suyo. El resultado no es orientalismo de postal. Es algo más extraño y más vivo.
Lo que Arlt hace aquí es apropiarse de una tradición milenaria —la del relato oriental, la de Las mil y una noches, la de los cuentos que viajan de boca en boca a través de los siglos— y pasarla por el filtro de su inteligencia porteña, irónica y despiadada. Sus mercaderes y sus pícaros, sus sultanes y sus estafadores, hablan con una cadencia que suena antigua y al mismo tiempo tienen la psicología retorcida y reconocible de los personajes que pueblan El juguete rabioso o Los siete locos. Son criaturas de otro mundo que piensan, sin embargo, exactamente como nosotros.
El humor es una de las claves del libro, y conviene no pasarlo por alto. Arlt tenía un sentido del absurdo que rara vez se celebra con la atención que merece. En estos cuentos, ese humor aparece sin aviso: en medio de una situación que parecía solemne, alguien dice o hace algo que lo desmonta todo, y el lector se encuentra riendo de algo que no sabría explicar del todo. Es la risa que produce la inteligencia cuando se aplica sin piedad sobre la vanidad humana.
Pero el libro no es solo comedia. Hay en él momentos de una crueldad quieta, de esa que no necesita levantar la voz para hacerse sentir. Arlt conocía muy bien la condición de quien desea con demasiada intensidad, de quien construye un plan perfecto que el mundo se encarga de torcer. Esa sabiduría atraviesa estos relatos aunque estén vestidos con ropas de cuento exótico.
Leer El criador de gorilas es descubrir una faceta de Arlt que amplía y complica la imagen que solemos tener de él. No es el escritor furioso y urbano solamente: es también alguien capaz de jugar, de disfrazarse, de construir mundos de pura invención con la misma energía con que antes había retratado los conventillos y las trastiendas de Buenos Aires. La libertad que se toma en estas páginas es contagiosa.
Hay libros que uno lee para entender a un autor, y hay libros que uno lee para disfrutarlo sin más. Este tiene la virtud poco común de ser las dos cosas a la vez. Ábralo sin demasiadas expectativas previas, déjese llevar por el primer cuento, y verá que Arlt, como siempre, sabe exactamente cómo atrapar a alguien desde la primera línea.