Introducción
Una brigada de artillería se detiene a pernoctar en una aldea, y sus oficiales son invitados a tomar el té en casa del general Von Rabbek. Entre ellos está Riabóvich, un capitán tímido, encorvado, con gafas y «patillas de lince», que se considera «el oficial más tímido, el más modesto y el más gris de toda la brigada». Mientras los demás bailan y cortejan, él se siente de más, incapaz siquiera de imaginarse estrechando el talle de una mujer.
Vagando por la casa para no estorbar, Riabóvich se pierde y entra en un cuarto oscuro. Allí, de pronto, unos brazos perfumados le rodean el cuello, una mejilla cálida se aprieta contra la suya y una voz susurra «¡Por fin!»: una mujer desconocida lo besa por error, tomándolo por otro. El beso, aunque fruto de una equivocación, transforma a Riabóvich por completo: enciende en su alma una alegría nueva y desconocida, y la ilusión de un amor posible.
Durante semanas, Riabóvich vive de ese beso, fantaseando con la mujer misteriosa —a la que compone con los hombros de una, las sienes de otra, los ojos de otra— y esperando el regreso a la aldea para volver a encontrarla. Pero cuando la brigada vuelve a pasar por allí, nadie los invita; el cuarto oscuro sigue vacío, el jardín silencioso. Y ante el río que fluye «no se sabe hacia dónde ni para qué», Riabóvich comprende de golpe la vanidad de su ensueño: «el mundo entero, la vida toda, le parecieron una broma incomprensible y sin objeto». «El beso» es una de las obras maestras de Chéjov sobre la ilusión, la soledad y la melancolía de las esperanzas defraudadas.