Introducción
¿Qué es, en el fondo, el amor? ¿Un capricho de los sentidos, una búsqueda de lo que nos falta, un impulso hacia la belleza, una vía hacia algo más alto que nosotros mismos? Hace casi dos mil cuatrocientos años, un grupo de amigos se reunió a cenar en Atenas y decidió, entre copa y copa, dedicar la noche a hablar de ello. De aquella conversación nació El banquete, el diálogo de Platón sobre el amor, y una de las páginas más hermosas que ha dado el pensamiento humano.
El escenario es una fiesta —un symposion, un banquete con vino y conversación— en casa del joven poeta Agatón, que celebra un premio. En lugar de emborracharse, los invitados proponen un juego: que cada uno pronuncie, por turno, un elogio de Eros, el dios del Amor. Y así, uno tras otro, van ofreciendo miradas distintas y complementarias: el amor como el más antiguo de los dioses y fuente de valor y virtud; el amor noble frente al vulgar; el amor como armonía que recorre todo el universo. Pero dos de esos discursos han quedado grabados para siempre en la memoria de Occidente.
El primero es el que pone Platón en boca del comediógrafo Aristófanes, y es puro encanto. Cuenta que, en el origen, los seres humanos eran dobles: cuerpos redondos con cuatro brazos, cuatro piernas y dos caras, tan poderosos que desafiaron a los dioses. Zeus, para debilitarlos, los partió en dos mitades. Desde entonces, cada uno de nosotros «no es más que una mitad de hombre», y vaga por el mundo buscando sin descanso su otra mitad, aquella de la que fue separado, para recobrar la unidad perdida. Ahí está el origen de esa idea tan nuestra —la «media naranja», el «alma gemela»—: amar sería, según este mito precioso, reencontrar lo que nos completa.
El segundo es el de Sócrates, que da un giro más profundo. Recogiendo lo que dice haber aprendido de una misteriosa sabia, la sacerdotisa Diotima, sostiene que el amor no es un dios ni algo bello en sí, sino un impulso, un deseo: se ama siempre lo que no se posee, lo que falta. Y lo que en el fondo deseamos es la belleza y el bien, y a través de ellos una forma de eternidad. De ahí su célebre «escala del amor»: se empieza amando un cuerpo hermoso, pero ese amor puede elevarse —a la belleza de todos los cuerpos, a la de las almas, a la del conocimiento— hasta contemplar la Belleza misma, eterna e inmutable. Es el nacimiento del llamado «amor platónico», mucho más rico y ascendente que el sentido con que hoy usamos la expresión.
Y cuando parece que todo está dicho, irrumpe borracho Alcibiades, el hombre más brillante y seductor de Atenas, y en lugar de elogiar al Amor hace un elogio apasionado de Sócrates, revelando al hombre que hay tras el filósofo. Con ese golpe de teatro, Platón funde la reflexión más alta con la vida más humana.
Ligero y hondo a la vez, lleno de humor, de mitos inolvidables y de ideas que aún nos habitan, El banquete no cierra el debate sobre el amor: lo abre para siempre. Y sigue siendo, veinticuatro siglos después, la mejor invitación a preguntarnos qué buscamos de verdad cuando amamos.