Introducción
Hay una forma de terror que no viene de un monstruo ni de un enemigo, sino de una pregunta: ¿y si lo que más temo lo he hecho ya, sin saberlo? Sobre esa idea insoportable construyó Sófocles, hace casi dos mil quinientos años, la que muchos consideran la tragedia perfecta: Edipo Rey. Una obra que se lee o se ve conteniendo el aliento, porque el espectador sabe desde el principio la verdad que el protagonista tardará toda la función en descubrir sobre sí mismo.
La historia arranca con una ciudad enferma. Una peste devasta Tebas, y su rey, Edipo —el hombre que años atrás salvó a la ciudad resolviendo el enigma de la Esfinge y fue coronado por ello—, promete acabar con el mal. El oráculo es claro: la peste cesará cuando se encuentre y se expulse al asesino del anterior rey, Layo. Edipo, enérgico y seguro de sí, lanza una maldición solemne contra el culpable, sea quien sea, y se lanza a investigar. No imagina que cada pregunta lo acerca a su propia condena.
Lo genial de Sófocles es convertir esa investigación en un mecanismo de relojería. Testigo a testigo, pista a pista, la verdad se va cerrando sobre Edipo como una trampa: aquel viajero al que mató en un cruce de caminos era su padre; la reina con la que se casó y tuvo hijos, Yocasta, es su madre. La profecía que sus padres quisieron burlar abandonándolo al nacer, y que él mismo intentó esquivar huyendo de quienes creía sus padres, se ha cumplido punto por punto. No hubo forma de escapar.
Atravesando toda la obra late una imagen poderosísima: la de la vista y la ceguera. El adivino Tiresias, ciego de ojos, ve la verdad con total claridad; Edipo, que tiene «muy buena vista», es incapaz de ver el abismo en que está sumido ni reconocer a los seres con quienes vive. Cuando por fin comprende, en un gesto terrible, se arranca los ojos: solo al quedar ciego empieza, de verdad, a ver. Esa paradoja —el que cree saberlo todo es el que más ignora— convierte la tragedia en una reflexión eterna sobre el autoconocimiento y sus límites.
Y planea, sobre todo, la gran pregunta que la obra deja abierta y sin respuesta: ¿somos libres o estamos atrapados por un destino escrito de antemano? Edipo hace todo lo posible por evitar su suerte, y precisamente al huir de ella corre a su encuentro. La obra no consuela: nos recuerda, con el coro final, que «siendo mortales, no debemos juzgar feliz a nadie antes de que llegue al término de su vida sin haber sufrido». Nadie está a salvo.
Modelo de tragedia para Aristóteles, que la analizó en su Poética como cumbre del género, e inspiración del célebre «complejo de Edipo» que Freud puso en el centro del psicoanálisis, esta obra ha marcado la cultura occidental como pocas. Dos mil quinientos años después, sigue golpeando con la misma fuerza, porque habla de algo que no caduca: el vértigo de descubrir quiénes somos en realidad.